Una boca de arco rojo

Te pedí la boca, y te la pedí roja, porque ya sabes lo que deseo. Sí, alguna vez te vi. Recuerdo el arco de tus cejas, la forma de tu rostro y te vigilé durante un largo rato, en silencio, meditando los posibles desenlaces eróticos. Semen en tu cara, semen en tu lengua, semen en tu… no, no he visto más, sólo he visto tu rostro. Te visualicé de rodillas (cuánto debo inventar, todavía, para someterte), tus ojos almendrados mirando el momento justo en que pueda empujar, y llenarte la boca. Una verga gorda que coquete con tu lengua y empuje alguna de tus mejillas. Tu rostro se presta para ello, tu cabello rojo, el arco de tus cejas y el brillo de tus ojos. Deja regreso porque estoy saboreando la imagen, igual que la primera vez que penetro: mis dedos enterrados en el rojo de tu cabello. Todavía no sé que tan complaciente serías, que tan dispuesta estarías a ahogarte o dejarte ir, qué tantas ganas tendrías de tragar o de escupir, o de seguir sobando después de sacarme la semilla. Sí, creo que eso sería perfecto, repetiré la imagen porque es adorable y me gusta demasiado: ya me vine pero sigues sobando la verga flácida, sin saber si está dispuesta a revivir o no, pero es que te gusta mirarme con esos ojos almendrados.

L

También soñé con L. Imprecaba que hubiéramos cogido tan mal la última vez. Traté de hacer memoria. ¿Hablaba en el mundo del sueño o hablaba del mundo real? Miré bien la cara de L. ¿Existía? Entonces me empujó contra un sillón, bajó mi cierre, la sacó y se la acomodó. Ella parecía feliz montándome mientras yo pensaba que querría decir este sueño, así como me he preguntado de los muchos otros sueños que he tenido. Quizás es porque disfruto a mi narrador sucio y necesito llenarlo de encuentros. Darle algo de qué hablar. Más que un semental, un peregrino de accidentes fortuitos y sensuales. L me miraba a los ojos. Le puse una mano en el cuello para ahorcarla. Me gusta ahorcar (poco, tampoco quiero matar) mientras cojo, he agarrado ese raro gusto. Le recordé que yo me había cogido su boca, que yo fui el primero en cogerme su culo, le recordé un montón de cosas más en el paraíso del sueño. Quizás mañana despierte, con la verga erecta y el sudor en la espalda, y me dé cuenta que nada de esto es cierto.

La vecina

El otro día soñé con la vecina. Soñé que me la cogía y que después era vergonzoso vernos. Ella se enojaba conmigo. A mí no me importaba. Cosa rara porque no soy así, ya no. El matrimonio me dio buenos límites. Siempre que sale me sonríe amablemente. A veces usa shorts y deja ver las piernas. Usa colas de caballo como me gustan. Perfectas para coger de perrito. Me gusta su sonrisa pero es que vivo en un lugar de jóvenes, muy jóvenes, por supuesto que todo me va a gustar aquí. No solo mi vecina, también la otra y la otra. Andan en faldas, con el culo parado, con amplios escotes o mostrando los muslos. Mientras tanto yo tengo que hacerme el duro (para sentirme un poquito más seguro) y ser amable, voltear para otro lado, mientras que mi esposa se ríe de mí y me muestra las nalgas de otra, y me pregunta cómo me gustaría cogerme a esa, y a la de blusa verde y a la del cabello claro; nomás que se entere me gusta la vecina no me la voy a acabar.

Lado B

En el lado B puedo escribir mis ganas de cogerte la boca. Si no lo hago en el otro es porque los patrocinadores me están vigilando. Entonces partí mi libro en dos. Mientras que el otro habla de sueños, obsesiones adultas, dolores inventados, libros por leer y videojuegos quemados, en este puedo contarte que te quiero coger la boca (el narrador vulgar, sucio, que muchas veces evito cuando estoy escribiendo otras cosas y constantemente estoy ejerciendo un autocontrol improbable sobre muchas de mis historias). Una mano bajo tu quijada, la otra en tu cabeza y después entrar y salir como si la humedad fuera otra, como si las protestas fueran los sonidos de la carne abriéndose, como si la lengua en vez de buscarme la contraria estuviera recibiéndome en copias diminutas, y blancas, y llenas de saludables y machistas proteínas.