8. Asteriscos

Cuando Almaguer y yo trabajábamos en equipo, en la preparatoria, él solía hacer una lista de pendientes cuidadosamente revisada, una, dos o hasta diez veces. Entonces él usaba dos asteriscos, uno al inicio y otro al final, para definir lo que de veras era importante, lo que necesitaba que notáramos en el equipo. Lo mismo hacía con sus apuntes de historia o con los de literatura universal, lo sé porque él me los prestó alguna vez y tardé en comprender la estrella de ocho puntas que marcaban el inicio y el final de una oración. Me espantó de veras cuando puso uno en medio. A su vez, me sorprendí que no existiera ningún subrayado, ningún marcador amarillo, rojo o azul. Para Almaguer, la importancia siempre estuvo a través de los asteriscos. En ocasiones, todo un párrafo podía contener hasta diez asteriscos, lo cual me demostraba un lado de Almaguer que nunca conocí en persona, la inseguridad de no aprender lo que necesitaba y sus apuntes me confundían, porque no sabía qué asterisco iniciaba el concepto y cuál lo cerraba, incluso llegué a pensar que el asterisco dentro de otro asterisco y más adentro de otros dos asteriscos, eran una broma o encerraban algún significado entre líneas, algo que jamás podría comprender del que supuestamente era mi mejor amigo. Nunca le pregunté por los asteriscos, en cambio, cuando me sentía realmente confundido, o solo, o bien, cuando empecé a extrañarle, ponía asteriscos en mis fórmulas matemáticas o en mis líneas de programación. Cuando me sentía como Almaguer, detrás del silencio o de mis lentes, detrás de la felicidad que me traería mi boda, entonces encerraba todo en asteriscos y en ello, la incertidumbre del mundo se volvía más incierta. Eso me llevaba a un lugar relajante, un lugar horriblemente cómodo y comprendía porque Almaguer y yo, nunca seríamos iguales… para Almaguer, los asteriscos valían algo, seguramente marcaban algo que podría traer en la cabeza durante años, aún si no lo demostrara con la sonrisa fabricada y los ojos azules que ganaban confianza. Para mi, esos asteriscos que quise robarle, solamente me llevaban a un lugar donde aceptaba la incertidumbre, la ignorancia, y eso me obligaría a olvidarme, a no buscar más allá de lo estrictamente necesario.

En los cinco cuadernos donde registré mis cien noches, nunca utilicé un asterisco… en cambio, Almaguer los revisaba y con la pluma fuente, la que usaba para firmar los cheques y los bauchers, de vez en vez rayoneaba con asteriscos mis anotaciones, sus primeros asteriscos fueron en una línea que me salió del alma algún día de mucho whisky: “(asterisco uno) Si ella estuviera aquí, entonces sería justificable que la pudiera agarrar a nalgadas hasta que le sangren las nalgas (asterisco dos)”. En ese momento, Almaguer y yo nos miramos a los ojos y primero nos carcajeamos, porque fue como regresar a la preparatoria y cuando terminó el recordatorio lúdico, se nos quebró la risa y no nos apartamos la vista de encima, porque intercambiamos papeles. Almaguer había puesto sus asteriscos para tratar de comprenderme, para saber quien era ella, para encerrar la agresividad que obligaría a un hombre apacible, callado, discreto, débil, lo que fuera que pensaba de mi, a nalguear a una mujer hasta sangrarle. Y yo, en ese momento sabía perfectamente quien era yo y como deseaba que Lorena estuviera ahí, porque me debía el matrimonio, porque me abandonó, porque me hizo mierda y quería retribuírselo. Así como yo nunca le pregunté por sus asteriscos, él no preguntó por la línea y curiosamente, existió un balance casi místico cuando Almaguer y yo fuimos iguales durante una fracción de segundo.

Los asteriscos se convirtieron en nuestros ojos y las líneas que encerraban eran lo que “necesitábamos saber”, en el sentido literal y supongo, de cosas más allá, de necesidades entre líneas. Fue así que empezamos a tomarlo con algo de humor, cuando él quería que prestara énfasis a lo que hacía el Negro en las tardes, me decía “asterisco”. Por ejemplo–: Quiero que acompañes a comer al Negro a la Universidad y, asterisco, pregúntale de su hermana y de la universidad que le paga en Brasil. Necesitamos saber que tan importante es para él. Asterisco. Otro ejemplo–: Necesito que vayas al bar con el argentino, que te presente con sus amigos, que platiquen de, asterisco, cuanto extrañan su país, porque han venido a México y cuanto cuesta una cerveza allá. Asterisco. El idiota a veces hacía una cruz con los dedos para definir a su asterisco, le quitaba al pobre cuatro picos, lo rebajaba al estado de una equis y nos sonreíamos cada vez que lo hacía. Para burlarme un poco de él, adopté su maña y decía las cosas más simples entre asteriscos, le avisaba que iría a comprar cigarrillos al superama de unas cuantas cuadras, en asteriscos, y le platicaba de mis chilaquiles a la hora del desayuno, también en asteriscos. Almaguer, como todo un político, reía amablemente, me festejaba mi chistorete y, en ocasiones, podía ver un breve brillo en sus ojos por el enojo que le provocaba burlarme de él, pero no cejaba, y en esta ocasión no podría ver los apuntes llenos de asteriscos que me demostrarían su inseguridad, el punto débil.

De no haber conocido a Almaguer en la preparatoria, entonces hubiera pensado que él era algún tipo de dios. Un hombre siempre amable, sonriente, hábil con las palabras y con los gestos. Un hombre que no cedía a las tentaciones de su propia empresa. Un hombre metódico, analítico, encerrando la cotidianidad de nuestras vidas en sus mentados asteriscos, porque es en la cotidianidad, él decía, dónde nos encontramos de veras. En los impulsos más mínimos, como el sexo o con quien nos vamos a tomar el café o ver películas. Y si él tenía razón en ello, era increíble porque no lo demostraba, porque después de muchos años yo no podía encontrar esos detallitos que lo seguían haciendo él. De no haberlo conocido en la preparatoria, de no haber jugado dominó con él o de haberme confesado que se masturbaba de vez en cuando, no hubiera sabido que él era Almaguer. De no haber visto sus cuadernos y sus asteriscos, donde él mismo se encerraba, ciertamente habría creído que era un dios.

7. Blur

Cuando abrí los ojos, Eva todavía estaba ahí, usando una de mis camisas como única ropa. No había tenido sexo con ella, o no lo recordaba, no sé cuánto había bebido. Cuando abrí los ojos, busqué mis lentes pero no los encontré, vi el borrón de Eva con una taza de té, sentada en el sillón conmigo, mis piernas en las suyas, su otra mano sostenía lo que parecía un cuaderno. Si mis instintos no me engañaban, era uno de los diarios que contenían lo más sorprendente en mi vida, lo más inesperado. Aquellas cien noches que empezaron a registrarse. Mi cumbre y mi fondo. Cerré mis ojos y escuché la taza de té aterrizar en la mesita. La mano de Eva empezó a acariciarme las rodillas y después el vientre. Me dolía la cabeza, no quería hablar, sentía las colillas del cenicero en la garganta. Cerré los ojos y traté de dormir, mientras sentía como me cosquilleaba el vientre, con los dedos de Eva toqueteando juguetónamente el cierre.

–La noche del Francés –leyó Eva en voz alta–, me hizo comprender donde estaba, que esto iba en serio. Al mirar la facilidad con que compartía su sexo con uno, y que esto podría estarlo haciendo con otros, y como esto lo hacía por entretener a un grupo de gente, me hizo comprender que incluso algo tan íntimo podía ser fingido o actuado. Entendí la estrechez de mi mente y entendí que lo mío siempre sería privado, si acaso dos personas nada más. Comprendí que yo siempre sería un espectador o un actor discreto, que yo no sería capaz tocarle las tetas para inmediatamente después, sonreírle a la cámara. Yo no sería capaz de grabarnos un video para disfrutarlo con los amigos. Todos notaron mi silencio, mi rigidez. Marcos no dejaba de ofrecerme una soda, sonriendo un poco, no sé si sentía pena por mí o si se estaba burlando, como Almaguer –Eva suspiró, abrió el botón de mi pantalón, subió mi playera, me acarició el estómago–. A los pocos minutos, entré a tu habitación, ¿recuerdas? Y te pregunté que te había parecido.

Entrecerré los ojos, Eva continuaba siendo un borrón. Mis lentes, quería mis lentes y mi vientre cosquilleaba en respuesta a sus caricias. Me dolía la cabeza, lo que menos deseaba era recordar la noche del Francés. Eva dijo que se quedaría una noche la tarde que llegó a verme, sin embargo, de buenas a primeras, al siguiente día me pidió permiso para quedarse y que no quería un hotel. Que procuraría no molestarme, que estaría cenando varias noches con viejas amistades y que si quería, podíamos cenar juntos el veinticino o hacer algo, lo que yo quisiera. Estaba borracho como siempre y me sentía solo, así que no pude negarle nada. Mis padres habían muerto hace unos años y no tenía a nadie para festejar. Si acaso acepté fue para no quedarme solo. La presencia de Eva fue muy discreta, tal como ella lo prometió. El veinticinco aceptó acabarse una botella conmigo, mientras escuchábamos música navideña y nos reíamos, contando chistes estúpidos.

–Creo que estabas escribiendo esto cuando te lo pregunté –dijo Eva–, porque cerraste la libreta, me miraste como si fuera una rareza y me expresaste que te había parecido muy bien de la manera más seca posible. Yo me reí como nunca al ver tu cara, los del grupo me habían contado como te habías puesto, pero al verlo tan cerca no me la creí. ¿Piensas hablar de eso en tu bitácora también?

–¿Cuál?

–La de internet.

–Oh, has estado ocupada –le dije–. ¿Te molesta que lo haga? Incluso te cambié el nombre.

–No me molesta, si con ello abandonas la idea de usar esa pistola mejor.

–¿En serio quieres detenerme?

Vi el borrón de la sonrisa de Eva.

–Siendo honesta, no creo que tengas el valor para hacerlo, así como no tienes el valor para negarme lo que estoy haciendo, así como no tuviste el valor para negarme aquella noche que me envió Almaguer para tranquilizarte –la borrosa mano de Eva bajó el zipper, o la cremallera como dirían en su patria y buscó debajo de mis pantalones, sentí su mano fría, tranquilamente empezó a acariciarme por encima de la ropa interior. Tenía razón, no pensaba decirle que no, el cuerpo lo haría, me dolía la cabeza, estaba crudo, no se me levantaría nada–. Nunca has tenido el valor para hacer nada, es por eso que estas donde estas, pero no vengo a deciros mi verdad sobre ti. Aunque estas escribiendo la bitácora en la internet y es distinto a lo que leo aquí. Puede que te cures. ¿Quieres qué me quede contigo hasta que termines?

Los ojos borrosos de Eva estaban mirando a los míos, hice una mueca, no sé cual y ella solamente se rió. Sus dedos jugaban al gato encima de mi ropa interior y, aún esperando que mi cuerpo se negara para evitar decirle que no, este se rebeló e hizo lo que quiso, ella lo tomó con sus dedos, por encima de la tela y empezó a masajear. Aquella noche, cuando Almaguer la envió a tranquilizarme, si tenía lentes y pude empalmar los recuerdos. Pude empalmar su rostro, su cuerpo solamente vestido con una bata, estaba nervioso todavía por lo que había visto con el Francés, no podía dejar de imaginarme su mirada retándome, el arco de su espalda retorciéndose, sus gemidos.

–Quítate los pantalones, es una polla y ya. Me dijo, muy seriamente, Eva. Pío Pío. Y luego no escribiste lo que pasó después, pero te lo puedo recordar. Puedo recordar tu rostro sólido, tu vaso de whisky a medias, tu cigarro consumido, el silencio que me respondiste. Me quité la bata, me acerqué a ti y me arrodillé. Te rodeé las nalgas con mis brazos, te acaricié con la cara y tú seguías rígido en todo el cuerpo. Desde entonces hasta hoy, la rigidez existe, en algún lado, yo creo que en tu espíritu, si tal cosa existe. ¿Hay alguna manera de suavizar tu espíritu? Y restregué mi cara contra tus pantalones, hablando de rigidez… y podía sentirla, podía sentir el calor que emanaba de allí dentro. De lo que se perdió la putita aquella, ¿Lorena dices? Porque pude intuir de que estabas hecho, pude intuir con tu sexo, traspasando el olor a whisky, atravesándote por la piel. Tú lees a las personas con tus ojos, yo los leo con la boca.

El borrón de Eva sacó mi borrón de sexo y lo metió en su boca borrada. Todo parecía en paz, todo parecía la unidad profética. Lo mismo hizo aquella vez. Me rodeó con sus labios y empezó a robarme algo. Empezó a borrarme el frío en los huesos, que me dio al verlos platicar a todos desnudos. Y también, con la boca se llevó su imagen de gata sonriente, que cerraba los ojos con cada embestida del Francés. Es como si ella me hubiera dicho cariños al oído, eligiendo entregárselos, más bien, a mi sexo, platicándole frente a frente, piándole a la polla de cerca. El borrón de Eva y los labios que se hundían, la humedad… ella tiene razón, aquí adentro se conserva algo imposible de alcanzar, inclusive por mí. No puedo siquiera disfrutar una mamada sin estar pensando, sin estarla analizando, sin querer otorgarle líneas de separación a la carne borrosa. Y aún así se sienten las pulsaciones en los testículos, en el vientre, se siente la lengua y la humedad y la carne, como si fuese autónomo, como si estuviese separado de mi cuerpo. Y se sintió aún, como aquella vez, la erupción de mi semen en su boca. Recuerdo su cara de esa noche: una polla es una polla. Y no pude ver sus ojos, como aquella vez, dos brillos difusos que pretendían ser sus ojos, creo que su mano se limpiaba la cara o se llevaba los restos a la boca y la garganta. ¿Qué se yo?

–Pobrecito –dijo Eva–, pobrecito pobrecito. Que tu sabor me dice lo perdido y solo que estas, me dice lo cobarde que eres, me dice que cuando venga el momento no serás capaz de tomar esa pistola y darte un tiro.

6. Eva

–Es una polla y ya –me dijo, muy seriamente, Eva. Pío pío. –30 de Noviembre, 2003.

Eva me llamó ayer, a las seis treinta y cuatro de la tarde. Fíjense. Rewind. Stop. Play. Hola, estoy en México visitando a los amigos y me encantaría verte. ¿Vale? Llama a este número xxxxxx cuando tengas un momentito. Almaguer me dio tu número, espero no te moleste. Stop. Y llamó otra vez. Y escuché de nuevo el mensaje. Play. Te extraño como los extraño a todos. ¿Estás bien? A… mi nombre no vale, no vale. Vale no. Fast forward. Play. En serio, quiero verte. No quiero que me obligues a pedirle tu dirección a Almaguer, por cierto, feliz cumpleaños atrasado. Stop. Mi cumpleaños fue en noviembre, trece, por si a alguien le interesa… en serio quiere verme ¿después de todo lo que pasó? Play. Todos te hemos perdonado, yo… yo te he perdonado.

Stop.

Aquella tarde, donde la niña masticaba el melocotón, llegó un camión con mis cosas. Ramón, uno de los guardias armados, subió a avisarme y me preguntó si deseaba que subieran las cajas a la habitación. Yo asentí. Era un hombre de bigote, moreno, jeans, camisa de cuadros y una panza de tres meses. Mellizos, pensé y sonreí perverso. Se veía cuerdo y sereno. Lo acompañé abajo, hacia el camión y miré como los trabajadores descargaban diez cajas con mi vida empacada y eran dirigidos por Ramón a mi habitación. Almaguer pasó por ahí y me dio una palmada en la espalda.

–En lo que descargan tus cosas, vamos a comprarte ropa –me dijo–. Espero hayas disfrutado tu desayuno.

Le sonreí. Cuando olí mi propio sudor y el alcohol de la noche anterior, entendí la diplomacia y la poca disposición a platicar de Azul. Necesitaba un baño y ropa nueva que Almaguer me había prometido. Quise bañarme primero, pero Almaguer me lo impidió y me llevó al centro comercial. Permití que Almaguer eligiera por mi, aportando un poco al asentir cuando me señalaba algo. Nunca fui muy quisquilloso con la ropa hasta que él me enseño de la presencia. Lorena, a veces, escogía la ropa por mí y tenía buen gusto, porque siempre había algún comentario cuando llevaba algo suyo. Habremos tardado dos horas, Almaguer se encargó de que subieran y acomodaran mi nuevo guardarropa y llegamos justo para la cena.

yo te he perdonado.

En la cena se encontraban todos los del grupo, excepto Eva. Es que vino el francés, dijo Almaguer, se encuentran en el Registro y cuando terminemos iremos a verlos. El argentino y Azul se miraron como complices, el Negro enseñó sus dientes blancos en una gran sonrisa. Bisteces, unas cuantas tortillas, papas cocidas y frijoles. Una cena muy mexicana para todo tipo de gente. Platiqué un poco con ellos, de sus intereses, de qué hacían en las mañanas y en las tardes. Todos respondieron con una hora de gimnasio y me invitaron, coordialmente, a que les acompañara. Reí educadamente y me serví otro whisky. Marcos me contó que le gustaba pintar, que estaba yendo a clases con una pintora y que también le servía de modelo, que le gustaba caminar en las tardes y que llevaba su alimento para las palomas, igual que Borges (lo dijo él, no yo). Los demás se rieron cuando dijo eso y podía entender un poco el chiste… con la pinta de metrosexual de Marcos, yo no le visualizaba alimentando palomas. Horacio tenía una vida un poco más activa, veía a sus familiares que vivían en Oaxaca cada que podía, les visitaba para comprarles cosas y para pasar tiempo con su hermana menor. Le gustaba salir de antro los viernes que tuviera libres. El Negro estaba estudiando economía y se estaba especializando en finanzas, o algo así. Actualmente, salía con otro chavo de su carrera. Respondí con el rostro y todos se carcajearon con mi reacción. Me sentí de lo más puritano. Azul estudiaba derecho penal, hija de madre viuda y llena de tíos. Su familia sabía en lo que estaba, y aunque no se acostumbraban, trataban de entenderlo.

–El dinero –dijo Azul–. El dinero obliga que todos comprendamos. Además, no es como si no me gustara. Me gusta.

Alcé mi vaso en su honor y todos hicieron lo mismo. La compadecía, de alguna manera, y de otra, sentía que muy adentro estaba yo también hundiéndome como ella. Sentir lástima por ella era lo peor que podría hacer, si yo estaba participando en ello. Incluso el consumidor más moderado, sería un hipócrita si en cualquier momento compadeciera a cualquiera en el negocio, por el simple hecho de consumir, de requerir sus servicios. En eso pensaba, mientras tomaba mi whisky, se terminaba la cena y me preguntaron de mi.

Almaguer les detuvo con un gesto.

–Hay que ir con Eva, después de todo, nuestro escritor estrella ha visto muy poco.

Play. yo te he perdonado. Silencio. Fast Forward. Play. Ya pedí tu dirección, estoy tomando un taxi en este momento que va para allá. Nunca has sabido cuando abrir la boca, joder. Stop, hideputa. Y si, Eva llegó a las siete veintidós de la noche, cuando abrí la puerta me soltó una sonrisa cálida, una sonrisa que sólo las mujeres saben hacer y mueve fibras, las venas esas que se conectan al corazón y al estómago, y hacen que uno salte, que se hundan en un vacío enorme durante segundos, como cuando uno acelera de bajada. Me abrazó, me olió y luego se echó a reir. No has dejado de beber, corazón, pero te entiendo… lo entiendo todo muy bien. ¿No quieres ir a España? Te alojo un mes o dos, lo que necesites, y dejas ese mal hábito, te sentará bien el aire, te gustarán las calles. Jolines, Eva… Jolines no, risas, eso sólo lo dicen los niños y los idiotas, o los gilipollas que pretenden ser graciosos. Eso pretendía, precisamente… le dije, y no iré a España. ¿Aún tienes el arma? No puedo detenerte, pero quiero hacerlo. Quiero hacerlo. No fue tu culpa. En ese caso, no fue de nadie, pero alguien tiene que pagar, siempre alguien tiene que pagar o si no, las leyes de los hombres se quiebran. Gilipolleces, ¿quieres que me quede esta noche?

Entramos al Registro esa noche, El Francés era un hombre robusto, castaño claro, cabello quebrado y largo, con bigote, de unos cuarenta y tantos años. Había visto sus fotos en periódicos antes, ¿era un diplomático? Ummm, no, ¿o si? No, no, era un empresario, o era un empresario con un diplomático. Algo así, nunca me molesté en investigar, preferí saber lo menos posible por discreción, no por seguridad. Por eso nunca contrato jodidos de lana, me dijo Almaguer, porque aprovecharían mucho llevándose esas fotos y aún así, tengo software de seguridad disponible, uno nunca sabe. El francés pellizcaba con sus robustos dedos los pezones de Eva y se los enrojecía, su bigote sonreía, la piel se le miraba suave, sudaba poco. Los monitores en el cuarto oscuro del Registro me permitían verlos desde distintos ángulos, Eva en cuatro, mirándolo, sonriéndole muy distinto a como me sonrió el día de ayer, el Francés moviéndose, acelerando el ritmo, apretándole las caderas. Eva es la favorita del Francés, me dijo Marcos, ¿querés una soda? Si Azul presentaba una inocencia, Eva era todo lo contrario. Sentía como el rostro se me quemaba… los estaba viendo.

–Esta es una sesión privada –me explicó Almaguer–. Más tarde los editores harán un DVD y yo se lo entregaré personalmente. Suele presentárselos a sus amigos en reuniones privadas.

Como gatos, pensé, cuando El Francés recargó su mano derecha en el cuello de Eva y la empujó contra el colchón. Los fotógrafos tomaban fotos. A veces el solamente le sonreía a la cámara, mientras Eva se sumergía en su papel, El Negro y Marcos la comentaban, yo sentía que el rostro se me quemaba, miraba las piernas perfectas de Eva, el arco de su espalda, sus labios enrojecidos. A veces, Eva volteaba el cuello para mirar al Francés y le retaba empujando sus nalgas, la mirada coincidía con el espejo hacia el cuarto oscuro, la mirada de Eva coincidía con mi mirada. Almaguer, sonriente, me empujó el cuaderno, la pluma, y me dijo escribe, de eso se trata, escribe todo lo que ha pasado esta noche y no lo olvides. La segunda noche de cien noches.

4. Esa noche

A todos los del grupo les conocí desnudos: Horacio, el Negro, Azul, Eva, Marcos… estaban en la habitación del registro, las dos mujeres estaban en la cama con Horacio, mientras que el Negro y Marcos compartían un sillón. Almaguer y yo nos jalamos unas sillas que había alrededor. Estaban tomándose un café (excepto Eva, quien tomaba té), después de una de sus sesiones regulares. Reían, charlaban, me apretaron la mano, me incorporaron a la plática, saludaron a Almaguer como si fuese un padre y no debían ser aún más viejos que él (excepto Eva, que debía tener como unos treinta y cinco o treinta y seis años). En ese momento comentaban sus episodios de Los Simpsons y luego de South Park, entonces el Negro, quien se resistía a hablar portuñol, les comentó de Twin Peaks y decidí participar en la plática, ya que había visto varios episodios. Procuré estar de acuerdo en todo lo que decía, sobre todo de aquellos métodos especiales que utilizaba Dale Cooper para encontrar las pistas, de sus sueños y de los palos que aventaba (no pun intended), en lo que mi cerebro registraba la desnudez de los participantes, sobre todo la del negro y su miembro enorme, retándome a que me burlara del cliché. No sé si me vi muy obvio, yo sólo se que platicaba, claro, de Twin Peaks. Aún no puedo creerlo. —29 de Noviembre, 2003.

Eva esta buenísima, para su edad…
Azul esta linda, esta tierna… aparenta ser más joven. Jennifer Conelly.
Marcos es rubio oxigenado.
Horacio parece un tepiteño en esteroides, aunque no habla como tal.
Del Negro, ya no quiero hablar del Negro. Me intimida.
–30 de Noviembre, 2003.

Pornografía entre amigos, pornografía con algo de valor moral, pornografía entre personas con lazos estrechos o cosas en común. Un reality show pornográfico, la nueva novela de la televisora que se les ocurra. Eso vendía Almaguer, quien se había transformado en una especie de padrote moderno. Eso me mostró la primera noche, cuando el grupo estaba reunido, sin intimidarse por la desnudez del otro. Incluso yo, después de veinte minutos de compartir con ellos una charla, un café, y vestido, ya me sentía parte de Luxus. Platicamos de televisión esa noche, Eva y Marcos platicaron de libros, algunos de los cuales había leído y otros de los que no tenía idea. Eva era española. Marcos era argentino. Horacio era sureño, El Negro era brasileño y Azul era chilanga, como un servidor. Ya llevaban en el negocio un año aproximadamente y se reunieron con unos meses de diferencia. Un año intercambiando más que palabras, je, pun intended. Durante el transcurso del tiempo, hubieron otros pero no pudieron adaptarse, no habían logrado un lazo común con ellos. Podía sentir la mirada de Almaguer mientras interactuaba con el grupo, lo miré y por su expresión, podría jurar que estaba orgulloso.

–No fue fácil –me dijo una vez Almaguer–, me tomó cinco años formar un buen grupo como ese con la capacidad de confiar los unos en los otros. Además son muy versátiles, todos ellos, estan dispuestos a vender escenas especiales al cliente, sin miedo alguno o sin derrumbarse por un susto como para echarlo todo a perder. Más de una vez, alguno de ellos ha entrado en crisis pero siempre esta el otro para ayudar, ¿me entiendes? Rara vez acuden a mi para “purificarse”. Son una familia.

Animales, pensé cuando me lo dijo. Animales a los cuales les voy a hacer un estudio.

Me quedé platicando con ellos durante dos horas más, después Almaguer se levantó y les sugirió que durmieran, porque el ejercicio era pesado si no habían dormido y nos excusó, que porque aún tenía que mostrarme mi habitación. Me levanté entonces y volví a estrecharles la mano a cada uno de ellos, les miré los ojos para buscar la verdad detrás de todo ese teatro y, caray, nunca he sido bueno para buscar verdades, de ser así habría sabido que Lorena no deseaba casarse conmigo. Mis instintos se dieron por vencidos y me decían que estaba ante algo genuino. Salimos del Registro, miré a Almaguer durante un momento, estaba frente a un sueño. ¿Cuántos no desearían estar en ello? Aún por morbo, ¿cuántos no quisieran estar presentes y atestiguar una escena de sexo? ¿Y además, Almaguer estaba dispuesto a pagarme por escribir de ello? Parecía que era justo lo que necesitaba después de una negativa de matrimonio y después de perder un trabajo que “porque bebía demasiado”. ¿Cómo podía decir que no?

–Creo que ya te das una idea –me dijo Almaguer, mientras me dirigía por la mansión. Mi cerebro registró lo más básico: Abajo estaba el Registro. En medio estaba todo lo demás. Arriba estaban las habitaciones. Más tarde me enteraría que mi frugal diagnóstico pudo haberme impedido el acceso a una biblioteca y a un estudio, donde desperdicié muchas de mis horas en los días que siguieron–. Lo que necesito de ti es que escribas de ellos. A mis clientes les quiero entregar una especie de diario, de acontecimientos que suceden fuera de las noches, que los hace pensar, que los hace despertar, sus intereses, lo que recuerdan de su tierra y de sus familias. No lo hago en video porque sería demasiado caro y poco práctico. Prefiero que alguien se los escriba y sorpresa, pensé en ti. Quiero que me entregues algo semanalmente, para yo publicarlo en el boletín y ya.

Animales. No respondí nada en ese momento, había muchas cosas que me pasaban por la cabeza, muchas preguntas. No todo estaba lo suficientemente claro, había cosas que no embonaban. Yo aún no me creía que hubiera un grupo como Luxus, que durante dos años tuvieron sus charlitas, su hora del té o del cafecito, mientras estaban desnudos en la cama. Y francamente, cuando conseguía mi pornografía, no me ponía a pensar si los de las fotos eran amigos, o cuates, o compadres, o (en el peor de los casos) hermanos. Tal vez por eso… creo que esta fue mi última curiosidad verdadera.

Jugué al abogado del diablo durante cien noches.

Y gané.