8. Asteriscos

Cuando Almaguer y yo trabajábamos en equipo, en la preparatoria, él solía hacer una lista de pendientes cuidadosamente revisada, una, dos o hasta diez veces. Entonces él usaba dos asteriscos, uno al inicio y otro al final, para definir lo que de veras era importante, lo que necesitaba que notáramos en el equipo. Lo mismo hacía con sus apuntes de historia o con los de literatura universal, lo sé porque él me los prestó alguna vez y tardé en comprender la estrella de ocho puntas que marcaban el inicio y el final de una oración. Me espantó de veras cuando puso uno en medio. A su vez, me sorprendí que no existiera ningún subrayado, ningún marcador amarillo, rojo o azul. Para Almaguer, la importancia siempre estuvo a través de los asteriscos. En ocasiones, todo un párrafo podía contener hasta diez asteriscos, lo cual me demostraba un lado de Almaguer que nunca conocí en persona, la inseguridad de no aprender lo que necesitaba y sus apuntes me confundían, porque no sabía qué asterisco iniciaba el concepto y cuál lo cerraba, incluso llegué a pensar que el asterisco dentro de otro asterisco y más adentro de otros dos asteriscos, eran una broma o encerraban algún significado entre líneas, algo que jamás podría comprender del que supuestamente era mi mejor amigo. Nunca le pregunté por los asteriscos, en cambio, cuando me sentía realmente confundido, o solo, o bien, cuando empecé a extrañarle, ponía asteriscos en mis fórmulas matemáticas o en mis líneas de programación. Cuando me sentía como Almaguer, detrás del silencio o de mis lentes, detrás de la felicidad que me traería mi boda, entonces encerraba todo en asteriscos y en ello, la incertidumbre del mundo se volvía más incierta. Eso me llevaba a un lugar relajante, un lugar horriblemente cómodo y comprendía porque Almaguer y yo, nunca seríamos iguales… para Almaguer, los asteriscos valían algo, seguramente marcaban algo que podría traer en la cabeza durante años, aún si no lo demostrara con la sonrisa fabricada y los ojos azules que ganaban confianza. Para mi, esos asteriscos que quise robarle, solamente me llevaban a un lugar donde aceptaba la incertidumbre, la ignorancia, y eso me obligaría a olvidarme, a no buscar más allá de lo estrictamente necesario.

En los cinco cuadernos donde registré mis cien noches, nunca utilicé un asterisco… en cambio, Almaguer los revisaba y con la pluma fuente, la que usaba para firmar los cheques y los bauchers, de vez en vez rayoneaba con asteriscos mis anotaciones, sus primeros asteriscos fueron en una línea que me salió del alma algún día de mucho whisky: “(asterisco uno) Si ella estuviera aquí, entonces sería justificable que la pudiera agarrar a nalgadas hasta que le sangren las nalgas (asterisco dos)”. En ese momento, Almaguer y yo nos miramos a los ojos y primero nos carcajeamos, porque fue como regresar a la preparatoria y cuando terminó el recordatorio lúdico, se nos quebró la risa y no nos apartamos la vista de encima, porque intercambiamos papeles. Almaguer había puesto sus asteriscos para tratar de comprenderme, para saber quien era ella, para encerrar la agresividad que obligaría a un hombre apacible, callado, discreto, débil, lo que fuera que pensaba de mi, a nalguear a una mujer hasta sangrarle. Y yo, en ese momento sabía perfectamente quien era yo y como deseaba que Lorena estuviera ahí, porque me debía el matrimonio, porque me abandonó, porque me hizo mierda y quería retribuírselo. Así como yo nunca le pregunté por sus asteriscos, él no preguntó por la línea y curiosamente, existió un balance casi místico cuando Almaguer y yo fuimos iguales durante una fracción de segundo.

Los asteriscos se convirtieron en nuestros ojos y las líneas que encerraban eran lo que “necesitábamos saber”, en el sentido literal y supongo, de cosas más allá, de necesidades entre líneas. Fue así que empezamos a tomarlo con algo de humor, cuando él quería que prestara énfasis a lo que hacía el Negro en las tardes, me decía “asterisco”. Por ejemplo–: Quiero que acompañes a comer al Negro a la Universidad y, asterisco, pregúntale de su hermana y de la universidad que le paga en Brasil. Necesitamos saber que tan importante es para él. Asterisco. Otro ejemplo–: Necesito que vayas al bar con el argentino, que te presente con sus amigos, que platiquen de, asterisco, cuanto extrañan su país, porque han venido a México y cuanto cuesta una cerveza allá. Asterisco. El idiota a veces hacía una cruz con los dedos para definir a su asterisco, le quitaba al pobre cuatro picos, lo rebajaba al estado de una equis y nos sonreíamos cada vez que lo hacía. Para burlarme un poco de él, adopté su maña y decía las cosas más simples entre asteriscos, le avisaba que iría a comprar cigarrillos al superama de unas cuantas cuadras, en asteriscos, y le platicaba de mis chilaquiles a la hora del desayuno, también en asteriscos. Almaguer, como todo un político, reía amablemente, me festejaba mi chistorete y, en ocasiones, podía ver un breve brillo en sus ojos por el enojo que le provocaba burlarme de él, pero no cejaba, y en esta ocasión no podría ver los apuntes llenos de asteriscos que me demostrarían su inseguridad, el punto débil.

De no haber conocido a Almaguer en la preparatoria, entonces hubiera pensado que él era algún tipo de dios. Un hombre siempre amable, sonriente, hábil con las palabras y con los gestos. Un hombre que no cedía a las tentaciones de su propia empresa. Un hombre metódico, analítico, encerrando la cotidianidad de nuestras vidas en sus mentados asteriscos, porque es en la cotidianidad, él decía, dónde nos encontramos de veras. En los impulsos más mínimos, como el sexo o con quien nos vamos a tomar el café o ver películas. Y si él tenía razón en ello, era increíble porque no lo demostraba, porque después de muchos años yo no podía encontrar esos detallitos que lo seguían haciendo él. De no haberlo conocido en la preparatoria, de no haber jugado dominó con él o de haberme confesado que se masturbaba de vez en cuando, no hubiera sabido que él era Almaguer. De no haber visto sus cuadernos y sus asteriscos, donde él mismo se encerraba, ciertamente habría creído que era un dios.

5. John Lennon en medio de mi pequeña desgracia

Ver tanto por ahí, que hablan de John Lennon y su desafortunado asesinato, donde hacen viajes espacio-tiempo en letras y música, para honrar a un hombre creativo… me hace pensar dos cosas: lo que me sucedió en aquel entonces no fue tan importante y lo segundo es cuánto me da gusto que lo hayan matado. De lo primero, tengo mucho tiempo para elaborar. De lo segundo sólo lo haré el día de hoy porque ayer, hace unos años, lo asesinaron. Yo tenía cuatro años cuando el día y mis padres se entristecieron un poco por la noticia. Desde entonces, cada Navidad, le dedicábamos un poco de música y escuchaba a mis viejos hablar de Lennon, de como influía su música en algunos de sus recuerdos. A veces invitaban a sus amigos, y todos reunidos, entre el humo del cigarrillo que en ese entonces no mataba de cáncer, entre la música y la voz profética de aquel cuatro ojos, mientras yo tomaba un chocolate, miraba los rostros evocando los recuerdos de Lennon y de mis viejos, y de sus amigos.

Y no sólo eso. Veinticuatro años más tarde, la gente aún hace lo mismo. Incluso yo lo hago. Por eso me agrada su muerte, porque dudo que él tuviera el mismo impacto mediático si continuara con vida. No hay manera de saberlo. Puede que si algunos sociólogos, antropólogos y músicos, se juntaran a platicar del tema y pusieran las cartas sobre la mesa (estudios enteros de como John Lennon ha impactado a la sociedad moderna), además de otro estudio de la vida entera de John Lennon, podrían pronosticar que haría el día de hoy, podríamos saber si tendría el mismo impacto o si se convertiría en una sombra de McCartney. Nadie lo sabe, sólo podemos jugar con la posibilidad y la melancolía que su muerte obliga. La melancolía. Los recuerdos. La niña masticaba un melocotón.

Azul masticaba un melocotón la mañana del treinta de noviembre y leía “El Túnel”, de Ernesto Sábato.

La madrugada del veintinueve dormí como un ángel, en una cama enorme como la que soñaba para mi casa, con mi mujer. Con sábanas suaves como nunca había sentido, como una invitación a las caricias, como si las sábanas fueran lo único necesario para la intención sexual. Y la mañana, ese día la mañana fue como despertar en Chapultepec unos años antes de que se sobrepoblara. Los pajaritos y el frío me despertaron. Un árbol seco se burlaba en mi ventana. Me asomé por ella y el jardín se extendía hasta el otro lado de la fortaleza. “Detrás del espejo”. Había unas cajas dentro de la habitación marcadas con mi nombre y una nota escrita apresuradamente. “Quemé la mayor parte de tu ropa. Hoy en la tarde tendrás nueva. También te dejé tu desayuno, espero no abuses de él. A.”

Vi la nota un momento. No recordaba que la letra de Almaguer fuese tan descuidada. O tan fea.

Mi desayuno era una botella de Walker, a un lado de la nota. Tacaño Almaguer, tanto dinero y me compra una de Walker. No bebí esa mañana porque me desperté en otra realidad, en un universo alterno, en un sueño. Imaginé por un momento que el mundo estaba en paz, imaginé por un momento que los coches no existían en la gran ciudad. No bebí porque temía regresar a mi departamento, a mi sueño roto, al abandono de Lorena. Miré el whisky, no me decidí si era una tentación o una broma cruel. Guardé la nota de Almaguer en el cuaderno que me regaló y salí hambriento a buscar la cocina.

Azul masticaba un melocotón la mañana del treinta de noviembre.

Abajo, donde estaba todo lo demás, me dediqué a buscar la cocina y terminé por descubrir la biblioteca, el estudio, la oficina privada de Almaguer, el gimnasio, un patio trasero tan grande y presuntuoso como el delantero. Hice ejercicio con esa caminata de veinte minutos, encontré a una señora amable cargando una bolsa de mandado, de unos cuarenta y tantos, con su uniforme de servicio. Le pregunté por la cocina y ella, amablemente, después de darme la bienvenida y su nombre, Carmen, empezó a platicar del mercado y de la mañana tan hermosa que hacía, a pesar del frío. Yo simplemente la seguí, pensaba que sus ganas de platicar eran la guía a la cocina y, afortunadamente, no me equivocaba. La cocina, como todo, era amplia. Fácilmente, si uno quería, podía organizar una fiesta grande sin el temor a que no hubiera espacio. Eso y acceso inmediato al patio trasero lo hacían un excelente lugar para las reuniones. Envidié tanto a Almaguer en ese momento.

–¿Qué va a querer el joven? –preguntó doña Carmen–. Lo que usted quiera aquí se le prepara.

–Unos chilaquiles, por favor señora –ordené gentilmente, en lo que tomaba asiento y me recargaba en la mesa–. ¿Tiene cigarros?

–Doña Carmen, doña Carmen para todos y para usted también. Y si, le puedo regalar uno de los míos, estan en la mesa. ¿Quiere cafecito también?

–Discúlpeme doña Carmen y si, cafecito por favor.

Tomé uno de los cigarros, lo prendí y me puse a fumar, en lo que esperaba el desayuno. Me pareció que podría hacer eso, todos los días.

–¡Buenos días Doña Carmen! Ohhh y muy buenos días a ti –exclamó alguien. Era Azul quien entraba a la cocina y nos sonrió alegremente como si fuese una niña. Estaba en camisón.

Los dos respondimos nuestros buenos días y miré a Azul aténtamente, la plática convencional de Doña Carmen se convirtió en ruido de fondo, en estática de radio, así como las respuestas que le daba Azul, quien caminó directamente al refrigerador, lo abrió y se inclinó para buscar en la parte de abajo. Frutas y verduras, pensé. Aún recuerdo la mañana del treinta de noviembre, porque ese momento, desde el despertar hasta el desayuno, me pareció lo que hubiera querido para mí. Lo que hubiera querido en mi vida. Lo que había visto en comerciales de refrigeradores, en las series gringas de televisión. La mañana del veintinueve de noviembre, fui el hombre común que de un momento a otro se convierte en el modelo aspiracional. Desperté en una habitación, en una cama grande, con una nota invitándome al desayuno, firmada por alguien A (o L, ¿qué diferencia podría haber?). Fui directo a la cocina, recién despertando, y una mujer hermosa me daba los buenos días, oh… y la chacha, pero la chacha no lo planeaba para nosotros, ganaba bien pero no tanto.

–¿Y qué tal estuvo la noche? –me preguntó Azul, quien encontró su melocotón. Dejó descuidado el libro sobre la mesa y jugó con el melocotón en las manos.

–Son muchas cosas para una noche y para un día –le respondí, honestamente–, pero vaya que no he dormido tan bien en mucho tiempo.

Azul sonrió.

–¿Si sabes lo que hacemos aquí, verdad?

–Creo. A menos que solamente les guste tomar café desnudos, en las noches, creo que si sé.

Azul y doña Carmen se carcajearon. Me sorprendió la risa de doña Carmen e hice una anotación mental para después hablar con ella en privado. En ese momento me pareció interesante su perspectiva, aunque más tarde encontraría que era demasiado honesta y simple.

–Almaguer nos platicó de ti y todos votamos que sería buena idea. Aunque, bueno, no nos platicó exáctamente de ti. Nos platicó un… ummm, un trabajo extra. Alguien que hiciera lo que tú vas a hacer pues. A todos nos fascinó, sobre todo al Negro.

–¿Se llama Negro? –pregunté. No quería terminar confesando que la presencia de tamaño negrote me intimidaba, al menos no en el primer día.

–Bruno, pero le decimos Negro, él mismo llegó diciendo que no le molestaba que le dijeramos así.

–Ya va.

–¿No deberías estar anotando todo esto? –preguntó Azul, había algo de travesura en su tono de voz.

–No lo sé, la verdad. No sé muy bien a qué se dedica un bitacorista de un oficio tan particular o que espera Almaguer de mi.

–Almaguer espera de ti lo mismo que espera de todos nosotros –dijo Azul, mordió su fruta y me miró–. Que seas tú.

Asentí lentamente. Doña Carmen me trajo mis chilaquiles y mi café a la mesa. Guardamos silencio y le miré, extrañado, leyendo su libro.

Imagina a la niña masticando un melocotón.

2. Descenso

El negocio de Almaguer poseé tres cámaras, cuidadosamente ubicadas alrededor de la cama. Estas mandan señal a tres computadoras, que capturan lo que sucede en una noche y luego, dos editores se encargan de recortar y de agregar efectos breves, a veces títulos. También le paga a dos fotógrafos para que tomen capturas de lo que esta sucediendo en el colchón, con cámaras grandes, de esas de once megapixeles y que hasta fotografían el pelo en la pata de la araña. Los fotógrafos entregan el material a los editores, para que ellos “limpien” las fotografías. A mi, supuestamente, me pagará dieciocho mil a la quincena para escribir lo que pasa, del día a la noche de lo que sucede con sus hard workers, cómo él los define. Si a mi, en un trabajo inútil como ese, me paga dieciocho mil pesos por solamente mirar… ¿cuánto le pagará a los fotógrafos o al editor? Cuanto dinero… ¿quiénes serán los clientes que pueden sostener un negocio como este? Y aunque es bastante obvio lo que sucede, ¿en qué consiste el negocio exactamente? –29 de Noviembre 2003.

Eso lo escribí la primera noche, donde Almaguer me presentó a los fotógrafos y a los editores. Eran hombres bonitos, como él, sin ninguna arruga extra en la cara y la piel limpia. Olían bonito. Supuse que eran sus amigos, conocidos, gente que compartía el gusto por el negocio en el que estaban inmiscuidos. Escribí sus nombres, pero ellos no se veían dispuestos a socializar conmigo, tal vez por órdenes de Almaguer. Sólo nos saludábamos con la mano y a veces de nombre, cuando empezaba la jornada, y después cada uno regresaba a sus casas (excepto yo, Almaguer y el grupo, Luxus, pero eso viene después). Incluso me encontré a uno de los editores, uno que le decían Linus, y para él fue un episodio vergonzoso mirarme en Galerías Insurgentes, comprando unas pilas recargables para mi cámara. Al notar su incomodidad me hice el que no le conocía, pero no fue suficiente porque desapareció, escondiéndose entre la gente, caminando a otro lugar donde estaba seguro que no nos encontraríamos. Fue entonces que comprendí que Almaguer me tenía aparte de los editores y de los fotógrafos. Aunque compartíamos la labor de registrar, yo estaba separado de ellos.

Almaguer me invitó la misma noche del regaderazo. La primera noche, cien noches. En su carro, un BMW azul, me platicó que tenía un trabajo para mi, que podría escribir para él si quería, que necesitaba alguien que guardara un registro personal de las cosas, de sus trabajadores, de Luxus, porque le parecía un buen servicio al cliente y porque de alguna manera, eso querían, o eso pedían sin saber como pedirlo, porque de esos se trata, me dijo Almaguer, de buscar en los clientes lo que piden, y si no lo piden, insistirles en cuánto lo necesitan. Yo me encogí de hombros, aún estaba amodorrado por el alcohol, por el dolor de cabeza, medio preguntaba cosas como que había hecho de su vida, que cómo me había localizado y él no me respondía, seguía insistiendo con que yo escribiría para él, claro, si yo quería, y cuánto me pagaría. No tenía trabajo en ese momento, pero no pensaba en dinero. Aún me quedaba mucho dinero en la cuenta (por supuesto, lo suficiente para una boda, la primera, para la mujer de mi vida). Un BMW paseando en las Lomas, un saco Armani ¿o Guess?, aventado ruidosamente en la parte trasera del coche, dieciocho mil pesos quincenales, un poco más de lo que ganaba en mi trabajo antes de que me corrieran por bebedor, por las faltas, porque ella me dijo que no quería casarse.

El BMW se subió a la banqueta y se estacionó frente a una entrada. Me le quedé mirando y recordé cuán engañosas eran las casas de las Lomas, con sus entradas grandes, fuertes, robustas, como de fortaleza y por dentro se extienden terriblemente, como si fueran un mundo dentro de la ciudad pequeña que les mantenía. De noche, las casas de las Lomas eran peores, caras pero lúgubres. Trescientos veintiuno, decía el número de hierro, y el portón de madera. Almaguer apagó el motor de su coche, las luces y descansó las manos en el volante, puedo decir, que aquella noche, le restaba un poco de humanidad o se acordó de aquella mentira piadosa, de nuestra supuesta amistad. No duró mucho tiempo porque le brillaron los ojos y su cara limpia presentó al empresario, al político.

–Ya llegamos a la casa. Antes de presentarte con el grupo, necesito saber si quieres hacerlo. Me gustaría que fueras tú, por los viejos tiempos –me dijo Almaguer. Yo me le quedé mirando, sentí una acidez en la garganta, una pequeña jaqueca, mis ojos se estaban resbalando suavemente por la cuenca.

–No entiendo nada. No sé que quieres de mi.

–Quiero que escribas, como en la preparatoria. ¿Te acuerdas?

–¿Estas dispuesto a pagarme tanto por escribir? ¿Y de qué voy a escribir? –pregunté. Luego recordé que en la preparatoria escribía pura porquería, por eso me hice ingeniero.

–Tienes que decirme que sí o que no, primero. No te vas a arrepentir –suspiró, luego sacó un cuaderno bonito de alguna parte de los asientos traseros del coche, forrado de piel, me lo entregó y me dio una pluma fuente que estaba en el bolsillo de su camisa–. Ten, no vas a poder decirme que no.

Tocó el claxon y se abrió el portón de madera. Dos vigilantes armados saludaron a Almaguer y yo recordé que era hijo de licenciados. Manejó unos metros, miré adelante y había una casa… no, no era una casa, era una mansión. Cuando ves que uno de tus amigos te lleva a una mansión, primero piensas que le esta yendo bien y luego recapacitas. Cuanto se jode uno por rentar un departamento, comprar un coche a pagos, ahorrar para casarte, sin quebrar la ley, y te das cuenta que uno de tus amigos ya se pudo haber casado tres veces, puede tener tres coches en el garage y además, tiene una mansión, cuyo mantenimiento debe costar diez veces lo que me cuesta pagar mis servicios, o dos veces una renta en algún lugar mediocre. Me acaricié la frente y me sonreí.

–Quiero que escribas para mi y si aceptas, vivirás aquí. Mi gente ya debe estar en tu departamento, recogiendo tus cosas, nada más estoy esperando a que te decidas. Te pagaré como hemos acordado. Como todos los del grupo, hay un chofer que comparten o puedes pedir un taxi si quieres salir. Puedes invitar a quien quieras, incluso hacer fiestas, pero tienes estrictamente prohibido hablar del grupo con gente ajena a él.

–¿Cómo puedo hablar algo de lo que no conozco?

–¿Eso es un si?

–Lo pensaré –dije, haciéndome el interesante. Almaguer sonrió con mi respuesta, en ese momento ambos supimos que yo había aceptado mi descenso. Se estacionó, nos bajamos del coche y entramos a la mansión.

1. Almaguer

Cien noches, pensé, cien noches solamente y entonces regresaré a casa. La primera noche, de haber sabido eso, las cosas hubieran sido diferentes hace dos años. Hoy se cumple el segundo aniversario de aquel día, y me encuentro revisando cada uno de los diarios, esos horribles cuadernos de anotaciones breves, de poemas insulsos, de los textos que me pedía Almaguer, y las anotaciones que pretendían aligerar la carga de aquellas noches con sus días. Cien noches… fueron cien noches exactas, hoy lo acabo de comprobar a través de una lectura concienzuda de las bitácoras (Cuatro y un tercio, en total). Nada más fueron cien noches y, no quiero admitirlo, pero fueron como una vida entera. Hoy me encuentro aquí, reescribiéndolo, tal vez con ello logre ordenar la mayoría de las anotaciones, si tengo mucha suerte podré expiar la culpa. Es eso o la bala que me espera desde hace dos años. Dicen que uno escribiendo resucita, que uno escribiendo puede alcanzar la catársis, la luz, el entendimiento, Dios… si, si tengo mucha suerte podré expiar la culpa.

Almaguer y yo nos conocimos en la preparatoria. Algunos pensaban que éramos como brothers, pero él y yo sabíamos que no era así. Más bien éramos rivales que se tenían respeto por las habilidades, por la condición, que poseía el otro. Claro, era una escuela marista, entonces era fácil para nosotros disfrazar la rivalidad con camaradería, inclusive con amistad… hermandad, en el peor de los casos. Por esas habilidades que adquiere uno en una escuela marista es que somos confundidos con una pandilla. Tal vez, Almaguer y yo, llegamos a creer que fuimos verdaderos amigos en algún momento… era una mentira piadosa. Conforme pasaron los años, descubrimos la verdadera naturaleza de nuestra relación. Que él me dejara en su coche, que yo le ayudara con español y literatura universal, mientras que él me explicaba matemáticas y anatomía, que yo le pagara con unos cigarros y él me ofreciera uno, que jugáramos dominó nunca como pareja, sino el uno contra el otro retando al perdedor a pagar las hamburguesas. A veces, Almaguer era el testigo de mis textos, o mis bocetos de pintura y cuando terminaba de leerlos o de admirarlos, ambos con la misma brevedad, me comentaba de sus números, de sus planes, de su próximo viaje a Europa.

Él era hijo de políticos y yo de licenciados. Estábamos condenados. Cuando se acabó la ilusión de la preparatoria, cada uno partió caminos y se olvidó, yo me hice ingeniero en informática y él… esta escrito en esos cinco cuadernos.

Hace dos años, Lorena me abandonó porque pensó que era muy temprano para casarnos, porque sus intereses eran otros, porque ya no le gustaban mis lentes o por mi cuerpo flacucho. Era la segunda mujer más hermosa que mis manos hubieran tenido. No fue por dinero porque no ganaba mal. Por alcohólico no fue, porque empecé a beber cuando ella me dejó. Y no fue por mi cacto, ni por mis perros, porque no tenía nada de eso. En algún momento pensé que fue por Almaguer, o por Luxus, pero ya no tiene caso culpar a nadie y yo también formé parte de ello. El único culpable de sus acciones, y sus reacciones, es uno mismo… no hay de otra y ya.

En noviembre del dos mil tres, Almaguer vino a mi casa y lo primero que hizo fue meterme a la regadera. Yo todavía no terminaba de reconocerlo, cuando de golpe, con los chorros y el frío, mi boca parió todos los recuerdos distorsionados por el enojo y la borrachera. Él sencillamente me miró sonriendo y le brillaron sus ojos azules, su cabello castaño púlcramente peinado, sus zapatos gucci. Aunque tenía toda la cara para hacerlo, me enteraría después que no pretendía ser político. A ratos, cuando estudiaba en la universidad, me preguntaba cuando vería la contaminación visual que significa ser diputado, papeles y papeles con la cara de Almaguer, y me sonreía. Si él hubiera decidido ser político, no estaría contando esto y no hubiera escrito cinco cuadernos con porquería, manchados de semen, de fluídos, de saliva, de poemas insulsos, de anotaciones, de Lorena, de Azul, de Horacio, de Marcos y del Negro… de…

Azul.

–Vengo a proponerte algo, ¿te acuerdas qué te gustaba escribir en la preparatoria? –preguntó Almaguer, mientras me ofrecía un café y me sonreía con dientes que brillaban al primer contacto con la luz. Después de tantos años, embriagado aún con Lorena y Johnny Walker, venía el cabrón a recordarme que me gustaba escribir en la preparatoria. Me le quedé mirando durante largo rato y cuando descubrí que él podía sostener la mirada tanto tiempo fuera necesario, decidí preguntarle: ¿Qué?

–Tengo un negocio privado y necesito alguien que escriba –Hizo una pausa–. Necesito alguien que escriba como tú.

Cinco cuadernos… cien noches.

Cien noches solamente y entonces regresaré a casa.