8. Asteriscos

Cuando Almaguer y yo trabajábamos en equipo, en la preparatoria, él solía hacer una lista de pendientes cuidadosamente revisada, una, dos o hasta diez veces. Entonces él usaba dos asteriscos, uno al inicio y otro al final, para definir lo que de veras era importante, lo que necesitaba que notáramos en el equipo. Lo mismo hacía con sus apuntes de historia o con los de literatura universal, lo sé porque él me los prestó alguna vez y tardé en comprender la estrella de ocho puntas que marcaban el inicio y el final de una oración. Me espantó de veras cuando puso uno en medio. A su vez, me sorprendí que no existiera ningún subrayado, ningún marcador amarillo, rojo o azul. Para Almaguer, la importancia siempre estuvo a través de los asteriscos. En ocasiones, todo un párrafo podía contener hasta diez asteriscos, lo cual me demostraba un lado de Almaguer que nunca conocí en persona, la inseguridad de no aprender lo que necesitaba y sus apuntes me confundían, porque no sabía qué asterisco iniciaba el concepto y cuál lo cerraba, incluso llegué a pensar que el asterisco dentro de otro asterisco y más adentro de otros dos asteriscos, eran una broma o encerraban algún significado entre líneas, algo que jamás podría comprender del que supuestamente era mi mejor amigo. Nunca le pregunté por los asteriscos, en cambio, cuando me sentía realmente confundido, o solo, o bien, cuando empecé a extrañarle, ponía asteriscos en mis fórmulas matemáticas o en mis líneas de programación. Cuando me sentía como Almaguer, detrás del silencio o de mis lentes, detrás de la felicidad que me traería mi boda, entonces encerraba todo en asteriscos y en ello, la incertidumbre del mundo se volvía más incierta. Eso me llevaba a un lugar relajante, un lugar horriblemente cómodo y comprendía porque Almaguer y yo, nunca seríamos iguales… para Almaguer, los asteriscos valían algo, seguramente marcaban algo que podría traer en la cabeza durante años, aún si no lo demostrara con la sonrisa fabricada y los ojos azules que ganaban confianza. Para mi, esos asteriscos que quise robarle, solamente me llevaban a un lugar donde aceptaba la incertidumbre, la ignorancia, y eso me obligaría a olvidarme, a no buscar más allá de lo estrictamente necesario.

En los cinco cuadernos donde registré mis cien noches, nunca utilicé un asterisco… en cambio, Almaguer los revisaba y con la pluma fuente, la que usaba para firmar los cheques y los bauchers, de vez en vez rayoneaba con asteriscos mis anotaciones, sus primeros asteriscos fueron en una línea que me salió del alma algún día de mucho whisky: “(asterisco uno) Si ella estuviera aquí, entonces sería justificable que la pudiera agarrar a nalgadas hasta que le sangren las nalgas (asterisco dos)”. En ese momento, Almaguer y yo nos miramos a los ojos y primero nos carcajeamos, porque fue como regresar a la preparatoria y cuando terminó el recordatorio lúdico, se nos quebró la risa y no nos apartamos la vista de encima, porque intercambiamos papeles. Almaguer había puesto sus asteriscos para tratar de comprenderme, para saber quien era ella, para encerrar la agresividad que obligaría a un hombre apacible, callado, discreto, débil, lo que fuera que pensaba de mi, a nalguear a una mujer hasta sangrarle. Y yo, en ese momento sabía perfectamente quien era yo y como deseaba que Lorena estuviera ahí, porque me debía el matrimonio, porque me abandonó, porque me hizo mierda y quería retribuírselo. Así como yo nunca le pregunté por sus asteriscos, él no preguntó por la línea y curiosamente, existió un balance casi místico cuando Almaguer y yo fuimos iguales durante una fracción de segundo.

Los asteriscos se convirtieron en nuestros ojos y las líneas que encerraban eran lo que “necesitábamos saber”, en el sentido literal y supongo, de cosas más allá, de necesidades entre líneas. Fue así que empezamos a tomarlo con algo de humor, cuando él quería que prestara énfasis a lo que hacía el Negro en las tardes, me decía “asterisco”. Por ejemplo–: Quiero que acompañes a comer al Negro a la Universidad y, asterisco, pregúntale de su hermana y de la universidad que le paga en Brasil. Necesitamos saber que tan importante es para él. Asterisco. Otro ejemplo–: Necesito que vayas al bar con el argentino, que te presente con sus amigos, que platiquen de, asterisco, cuanto extrañan su país, porque han venido a México y cuanto cuesta una cerveza allá. Asterisco. El idiota a veces hacía una cruz con los dedos para definir a su asterisco, le quitaba al pobre cuatro picos, lo rebajaba al estado de una equis y nos sonreíamos cada vez que lo hacía. Para burlarme un poco de él, adopté su maña y decía las cosas más simples entre asteriscos, le avisaba que iría a comprar cigarrillos al superama de unas cuantas cuadras, en asteriscos, y le platicaba de mis chilaquiles a la hora del desayuno, también en asteriscos. Almaguer, como todo un político, reía amablemente, me festejaba mi chistorete y, en ocasiones, podía ver un breve brillo en sus ojos por el enojo que le provocaba burlarme de él, pero no cejaba, y en esta ocasión no podría ver los apuntes llenos de asteriscos que me demostrarían su inseguridad, el punto débil.

De no haber conocido a Almaguer en la preparatoria, entonces hubiera pensado que él era algún tipo de dios. Un hombre siempre amable, sonriente, hábil con las palabras y con los gestos. Un hombre que no cedía a las tentaciones de su propia empresa. Un hombre metódico, analítico, encerrando la cotidianidad de nuestras vidas en sus mentados asteriscos, porque es en la cotidianidad, él decía, dónde nos encontramos de veras. En los impulsos más mínimos, como el sexo o con quien nos vamos a tomar el café o ver películas. Y si él tenía razón en ello, era increíble porque no lo demostraba, porque después de muchos años yo no podía encontrar esos detallitos que lo seguían haciendo él. De no haberlo conocido en la preparatoria, de no haber jugado dominó con él o de haberme confesado que se masturbaba de vez en cuando, no hubiera sabido que él era Almaguer. De no haber visto sus cuadernos y sus asteriscos, donde él mismo se encerraba, ciertamente habría creído que era un dios.