Qué clase de sexo

A menudo te miro y me pregunto qué clase de sexo es el tuyo. Sólo porque me gusta preguntarme, sólo porque me gusta mirar. Así son algunos misterios y en el camino del misterio, vienen los pensamientos soeces y burdos, las penetraciones inmediatas y la pronta satisfacción de una posesión. Pero primero es la pregunta. ¿Qué buscará? ¿Por dónde? ¿Cuánto desea este sexo o el otro? ¿Cuáles son las palabras mágicas para cocinarle los sesos?

Qué chistoso. Tengo 33 años y todavía pienso que existen las palabras mágicas para lograrlo todo. Esa mentira me mantiene escribiendo. Tengo la idea de que si practico lo suficiente, si puedo lijar las rebabas de mi propio lenguaje, conseguiré darle un valor místico, arcano, uno impuro que abra todas las puertas del mundo. Me pregunto si todos los escritores somos así. Me pregunto si, a pesar de que muchos jugamos a que somos un hato de cínicos, creemos en las palabras como un conjuro infantil para abrir la habitación de los caprichos veniales…

Escribir es una distracción. La única magia que convoca, además, es el deseo, es que te pongas la máscara para que otros podamos tomarte. Escribir es ofrecerse desesperadamente para que lo tomen a uno. Sí, quizás.

L

También soñé con L. Imprecaba que hubiéramos cogido tan mal la última vez. Traté de hacer memoria. ¿Hablaba en el mundo del sueño o hablaba del mundo real? Miré bien la cara de L. ¿Existía? Entonces me empujó contra un sillón, bajó mi cierre, la sacó y se la acomodó. Ella parecía feliz montándome mientras yo pensaba que querría decir este sueño, así como me he preguntado de los muchos otros sueños que he tenido. Quizás es porque disfruto a mi narrador sucio y necesito llenarlo de encuentros. Darle algo de qué hablar. Más que un semental, un peregrino de accidentes fortuitos y sensuales. L me miraba a los ojos. Le puse una mano en el cuello para ahorcarla. Me gusta ahorcar (poco, tampoco quiero matar) mientras cojo, he agarrado ese raro gusto. Le recordé que yo me había cogido su boca, que yo fui el primero en cogerme su culo, le recordé un montón de cosas más en el paraíso del sueño. Quizás mañana despierte, con la verga erecta y el sudor en la espalda, y me dé cuenta que nada de esto es cierto.

Un poco de leche

Sí, me gusta que maúlles como gata, si me gusta que arquees la espalda como felina, que muevas la colita y tus ojos te brillen en la oscuridad. Que si me gustan los ronroneos cuando me besas y me muerdes los labios, y me los jalas y se te escapa una sonrisa de picardía. ¿Cómo no me va a gustar? Que me gusta que restriegues tu piel, tu pecho con mi pecho, los pezones rozándose uno a otro y tu lengua, lamiendo como si tuviera un poco de leche en mi rostro. Que si me gustan tus uñas, como garras, marcando líneas en mi vientre y armando caminos entre los vellos púbicos y te haces la que no sabe como, cuando me agarras el miembro y lo mueves torpemente para desesperarme, así como los gatos hacen cuando su amo no les presta la atención debida. Si lo tienes en tu mano, para mi ya es demasiado tarde, porque ya no me puedo soltar y me tengo que aguantar el hilo de saliva que haces con la punta de tu lengua, desde la abertura de mis labios, bajando a mi cuello y llegando, sin querer queriendo, a mi ombligo.

Entonces abres la boca y como tú dices, me tienes completo. Maúllas con la boca llena, sonríes con la boca distorsionada, no bajas hasta la garganta: No, no todavía… porque tienes tus ojitos cerrados y será en el momento que los abras, cuando veas mi cara llena de gozo y así, sólo así, es que tu cabeza bajará completamente y dará paso la humedad entre tus piernas, por el gusto de mirar el deseo que te tengo. Cuándo la humedad pega con la brisa, se siente el frío en el cuerpo y un escalofrío recorre a ambos, simultáneamente, conmigo alza las caderas, contigo baja el rostro. Sigues mamando, me miras y yo jadeo, como perro hambriento.

Instrucciones para la masturbación con cajeta

Ingredientes necesarios.

Un bote de cajeta.

En caso de la persona femenina: Una vagina.
En caso de la persona masculina: Un pene.

También se puede aplicar estimulación anal.
Si hay temor hacia los genitales, nada más abran la boca y digan ¡AH!

Si eres transexual… pues me da gusto por vos. Sé feliz, sé creativo.

Instrucciones de primera mano.

Despojarse de la ropa.
Abrir el botecito de cajeta.
A menos que te guste hacer porquerías en las sábanas, o los sillones, o donde haya tela –en general–, elige un espacio abierto y que pueda limpiarse fácilmente.
Ponte el botecito de cajeta en el vientre para fácil acceso.
Hunde los dedos en la cajeta y vulgaris dichotum est: atásquense puercos, que hay lodo.

Variantes.

Dependiendo de la zona erógena con la que estés más… cómodo (en sí, este manual es para la zona genital, pero la zona bucal y la zona anal pueden ser igualmente explorables), toma cajeta con los dedos y distribúyela uniformemente en la palma de la mano. Frota en círculos sobre la zona erógena de mayor valor en tu escala de prioridades.

Advertencias.

No lo hagas en la misma habitación donde haya un perro o un gato. (Nota para los zoofílicos: En realidad, no me interesa saber).

En caso de haber irritación, con agua o con un poco de leche.

Aliméntate sanamente.

La hija del orador

El orador enfrentó la siguiente pregunta de un adolescente de lentes, flacucho. Le miró atento y se dijo para si: Este es el listillo, que nunca lo tiene pero quiere estar bien informado. Se anotó un diez por su juicio y al terminar la pregunta, respondió automáticamente: El coitus interruptus es sacar el pene de la vagina con anterioridad a la eyaculación. En la teoría, este método es probablemente tan efectivo como algunos de los métodos más convencionales. Sin embargo, en la práctica, frecuentemente se escapa algo de semen. Esto puede ser suficiente para iniciar un embarazo. Por ello, éste no es un método seguro.

El adolescente respondió afirmativamente a cada una de las palabras y después tomó su lugar. Si, el orador se anotó un diez y puso la mirada que decía: “Estoy listo para la siguiente pregunta”.


La hija del orador, en cambio, gemía. Gemía y gemía. Tenía el pecho contra la cama y las nalgas bien alzadas, aferraba las manos contra la sábana y medio gemido se iba contra la almohada. Pero el restante salía muy bien, a él le gustaba cualquier sonido hecho después de metérsela. La frente de la hija del orador estaba empapada de sudor, sus labios secos y la nariz dilatada. Como lo estaba disfrutando, con los ojos bien cerrados y la boca bien abierta. Sus senos se aferraban contra la cama y los pezones erectos resentían la fricción suave de la tela. Las manos de él, estaban alrededor de sus caderas y el cabello largo, le tapaba los ojos cerrados. Él decía el ritmo, él decía que tan duro.

No era como su padre.

Su padre fingía y le hablaba bonito, así había sido desde los catorce y después, al terminar, su padre se echaba a llorar. Así fue siempre que su madre no estaba y había oportunidad. Una vez le había dicho a su madre y cachetada directa, ¡cómo te atreves a mentir, pequeña ramera! Desde entonces lo único que pedía era que no le mintieran y sólo se la metieran. Así como él había hecho desde que le conoció, como estaba haciendo en ese instante. Empujaba y sacaba, le apretaba las nalgas y a veces se las dejaba rojas, por su piel tan blanca. Un adentro y dos afuera, hasta el fondo y con toda fuerza. Como lo disfrutaba, como el calor se le juntaba en el cuerpo, como el sexo se sentía en su vientre.

La tensión se le acumulaba en las piernas cansadas pero él pedía que alzara más sus nalgas. Ella obedecía, y sin saber por qué, le llamaba papi. Después de hacerlo a él le preguntaba: ¿Así papi? y repetía la pregunta hasta que se le iba en gemidos ahogados y el siguiente grito. Sólo quedaba el papi, remolino de aire escondido en los pulmones y los gritos inconclusos. Con fuerza agarraba las sábanas y las apretaba, el sudor ya empezaba a inundar su espalda y el aire, le hacía sentir escalofríos que le estremecían el cuerpo. Pero no importaba, le gustaba que no le mintieran.

Cada otro que se agarró antes de este, intentó ser tierno o resultaba ser débil. Eran unos mentirosos, con M mayúscula. Pero de éste se enamoró porque desde el primer día, le dijo que pensaba que era una puta porque con todos se acostaba. Esa era una gran mentira, con ningún otro lo había hecho. La habían invitado a salir, era cierto. Habían intentado tocarle también. Pero ni mano, ni boca. Muchos intentaban y todos fracasaban. Ni culo, ni vientre. Y a él no le sacó de su error, le gustó el sobrenombre y ahora rebotaba de un lado a otro de la habitación, y se le metía en el oído y en la circulación de su sangre cada que lo escuchaba. Y le cimbraba el alma y se le mojaba el sexo. Apretaba las piernas, apretaba los músculos internos y que le doliera más lo que le estaban dando.

Después de la palabra religiosamente dicha, él le tomaba el cabello y le jalaba el rostro. Gritaba y le dolía, pero como le encantaba liberar los gemidos que había guardado en la garganta. Empujaba su cuerpo contra él con más ganas, que la partiera en dos, que no se detuviera y cuándo él lo hacía, a ella le bastaba mover sus caderas y él entonces, le jalaba la cabeza con más fuerza. Él estiraba entonces su rostro, hablaba a su oído con la voz callada y con una sonrisa: ¿Así le gusta a la putita?, y le saltaba el vientre nada más de escucharlo. Con verdades más le gustaba. Ella volvía a decir las afirmaciones con el papi correspondiente, y él no escuchaba o fingía no escucharle o su voz estaba perdida y realmente no respondía. Inmediatamente después volvía a preguntar: ¿Qué tanto es tantito, verdad putita?

Aumentaba la velocidad y el ritmo. Se perdía el diminutivo y la palabra entera volvía a rebotar en las paredes, hasta el último grito.

Al final, ella pedía estar sola y lloraba en el baño. Nunca terminaban, ninguno de los dos, pero no les importaba. Él ya sabía, porque la había escuchado en ocasiones anteriores y no preguntaba. Tan sólo caminaba a la ventana y prendía el cigarro después del sexo. Miraba y miraba.

Se sentía aliviado de no estar enfermo.