Juapps

No tengo una categoría para definir que un post es sexoso, o sensual, o erótico, por la sencilla razón que considero al sexo una parte integral de mi vida, así como considero a la red, a la cafeína y la nicotina, las notas que escribo en papel, y a mis rollos neuróticos, que a veces trato de categorizar a niveles muy personales. No me considero un adicto al sexo (negación, pensará algún chistorete), porque de ser así estaría cogiéndome a un par de muñecos de peluche que tengo como recuerdos o como regalos (yuky, yuky, esta pegajoso, yuuuuuuky). También, aprovecharía la condición de distancia (140 y tantos kilómetros nomás) entre Sol María y yo para tener sexo tres veces a la semana (amor de lejos, felices los cuatro), como si fuese todo un libertino, un sátiro.

Para mí, el sexo esta presente y es constante, en nuestra vida, como seres humanos. Así como Paganini nació con sus muñecas flexibles, ni pedo, nacimos con pene y vagina. Mejor ocuparnos en ser virtuosos utilizando nuestros instrumentos.

Me gusta coquetear con la doble moral de las personas, con aquellas que lo esconden, sea como pecado, como educación social o como educación moral. Uno creería que en una ciudad tan grande como en la Ciudad de México, eso esta cada vez más destapado y constantemente descubro que no es así. No se diga en otros estados. La diferencia entre el D.F. y los otros estados, radica en que somos tantos, que raras veces nos preocupamos por la condición sexual de nuestros semejantes. Sin embargo, si nos enteramos del desliz o de las preferencias patológicas de algún vecino, entonces observaremos atentos. Me encanta el juego, el coqueteo, la expresión individual del género, me gusta la sensualidad en una mujer cuando arquea su espalda y me gusta el misterio sexual que se expresa, cuando hablan de una pareja, de una persona, en susurros, de lo que dice que hace, de lo que no dicen. Lo disfruto enormemente y lo expreso, en voz alta, sin temor alguno. Pareciera que no están conscientes que todos estamos participando, que todos estamos viendo ese desnudo.

Me molesta cuando el sexo es convertido en una persona anónima, cuando le despojan de valor, del coraje que se necesita para desnudarse frente a otro o frente a sí mismo. Me molesta cuando se le mira con morbo (en cambio, me gusta mucho cuando provoca la picardía). Me molesta cuando no se le tiene respeto. Es por eso que hemos inventado la pornografía y por eso es una de las industrias multimillonarias del mundo. Es por eso que somos cobardes y con una máscara, atrevemos a desnudarnos, abriendo un blog platicando e idealizando, a niveles ridículos, un sexo que es completamente natural, un sexo que ya forma parte de nosotros. Y lamentablemente, a veces no existe otra manera, o por cobardía, o por el temor a la represalia social, o por el temor a los sátiros y ninfómanas que navegan, sin vergüenza alguna, enmascarados igual que el objeto de su obsesión, en esta red.

Que nos queda más que ser creativos u honestos.

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Si nosotros no aprovechamos nuestro sexo, habrá quien lo haga por nosotros.

Escribir sexo sin una máscara, es un arma eficaz para quebrar, provocar una reacción, encantar a las personas que no lo confiesan abiertamente.

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Luz Alicia dijo en una reunión, cuando todos se quedaban en silencio, que platicaran algo aunque no fuera cierto, que tuvieran la iniciativa de hacer sus vidas algo interesante. Para ella era fácil, puesto era actriz y directora de teatro, para esa profesión uno tiene que ser extrovertido, uno tiene que ser creativo en la plática. Gaje del oficio.

Kinky

Hay una chica que me roba la atención mientras escribo esto. Uno de nuestros juegos consiste en desearnos el uno al otro e inventamos diversas maneras de hacerlo… En esta ocasión yo le prometí que no me la cogería hasta que terminara de escribir esto. Le vendé los ojos, le amarré las manos, tengo un fetiche por ese tipo de cosas, pensé que amarrarle las manos sería bueno, que no le permitiría distraerme en lo que yo escribo esto… el tiro me salió por la culata, porque se las amarré por enfrente y mientras ella esta acostada… se toca, y se sonríe, y me pregunta cosas… es bueno no tener que mirar el monitor mientras escribo… así puedo prestarle atencion. omo no puedo acercarme a ella, hasta que decida ponerle un punto final a esto… tengo una de esas erecciones únicas, que bien hasta le podrían poner nombre en latín, con género y especie.

Ha terminado de tocarse, ahora se chupa los dedos y juega con las piernas. Se ha acostado boca abajo y mueve las nalgas… hoy me confesó que lo que más le gusta es que me la coja por detrás. Que le coja duro por detrás, porque así siente el movimiento de los senos. Lo he notado, cuánto le gusta. Le gusta el sonido del golpeteo, eso siempre le obliga un gemido. Pausa, necesita alguien que le quite los calzones y ella con sus manitas amarrada no puede hacerlo…

Fui a besarle, quise metérsela en la boca pero ella se negó, que porque no había terminado de escribir. Continua jugando con ella misma, continua tocándose, me pregunta cosas… me urge a que me apresure. Ya quiero sentirla de nuevo, ya tengo ganas de escucharla, de morderle el cuello, de apretarle las nalgas y dejárselas rojas. Ahorita le voy a enseñar que tener las manos amarradas no es tan conveniente como ella creía.

-Ya no quiero nada. Te tardaste mucho…

Ni madres, con su permiso, voy por lo que me toca.

Bishubishu

Lo peor que podías hacer en una fiesta, que recuerde en mi etapa de desmadre (universitario [en sistemas]), era coger (chingar, joder, follar, fornicar) con alguna morra… fuera una mamadita, una manuelita o un buen follón. Me acordé, no sé porque motivo… pero me acordé de a un cabrón que le decíamos el Gansito (por la sonrisa y la cara [para los non-mexicanos, es un pastelito con el dibujo de un gansito en la envoltura y en los comerciales decía–: Recuérdame]) y como nos sonreía desde su coche, nos señalaba –traviesamente– con una mano hacia abajo, y un cuate, llamado Sócrates, se asomó por la ventana. Él atestiguó que miró una masa de cabello moviéndose arriba y abajo. La chava quedó marcada y el alcohol, con algo de machismo, como no, nos obligó a reírnos de la situación. Igual le pasó a un cuate llamado Aldo, de ella me acuerdo que tenía buena pierna y unos dientes demasiado grandes. Lo malo es que compartíamos universidad así que, si sucedía algo, eras perseguido, clasificado y etiquetado… mientras que las mujeres nos tildaban de patanes, nosotros las tildábamos de fáciles. En los hombres, existía el lado de los escapistas (la mayoría), aquellos que obtenían lo que querían y desaparecían después del acto, se reincorporaban a la fiesta como si nada, mientras que una mujer les miraba con ojos asesinos y su lengua despedía fuego cuando hablaba con sus amigas… el otro lado, eran los que asumían su responsabilidad hasta que terminara la fiesta. Así que fungían el papel de relación recién adquirida (manitas bien sudadas y besitos con años de precedencia), hasta que estuvieran lo suficientemente sobrios para decirle a ella–: Es que fueron las chelas.

Y pues si mi vida… fueron las chelas.

Así que chamacos, y chamacas, evítense esas situaciones incómodas…

Maisnú

I find it hard to tell you, I find it hard to… (darn), when people run in circles it’s a very very mad world…

¡Fellare!

La felación más dulce que he tenido (que no la mejor), fue en alguna tarde, con una mujer morena… ¿o apiñonada? Si bien tiendo a olvidar esos detallitos y creo que no fue en la tarde, fue en la noche, donde apenas le distinguía el rostro. Eso y su cabello esponjado y no sé porque tengo la impresión que era rojo. A la mejor la noche era su cabello, pero su rostro no se veía durante la felación, tan sólo se sentía la humedad de sus labios delgados. Y un juego con la lengua y creo, que hacía algo con las manos. Lo hizo durante bastante tiempo, el tiempo suficiente para sentir placer y ternura, mientras miraba ese mechón de cabello rojo moviéndose como una luciérnaga, arriba y abajo. La felación más dulce.

La cópula sin completar más frustrante que he tenido, fue en alguna tarde también, fue en alguna tarde amenazante de lluvia. Esa mujer era un experimento que trataba de convencer con palabras y tal vez, dos o tres besos, largos. No hice más allá, porque estaba jovencito, porque no sabía, exactamente, que más hacer. Ella dijo que no lo quería, en algún momento, y me di cuenta que no la había escuchado. Toda la tarde estuvo diciendo que no, y tal vez, parte de la mañana. Descubrí el lado animal que todos tenemos por obtener lo que deseamos. Me di cuenta de lo vulnerable que soy, igual que todos, en dejarme arrastrar por las hormonas. Y me dio gusto. Cuando acepté ese “no” como una derrota y acepté que estuve a unos cuantos minutos de hacer algo de lo que me arrepentiría después, le acompañé a su casa. De regreso acabé en un restaurante, comiendo un banana split.

La mejor mano que he tenido, fue la de una compañera de la universidad donde estudiaba antes. Yacíamos desnudos y mientras me observaba, comenzó a jugar. Habló del placer, del fugaz instante, de lo mucho que tardaba en llegar el orgasmo y cuando lo hacía, era un momento tan breve. El placer breve. Todo esto lo hacía mientras movía su mano y me miraba, sonreía coqueteándome, a mi, y a mi pene, sus ojos brillaban. No recuerdo una mano más precisa que la de ella. Sabía lo que estaba haciendo, a que velocidad, que tanto apretar, como llevarlo y no tuve que decirle absolutamente nada. He llegado a pensar que fue mejor, incluso, que mi propia mano. Desde entonces, masturbarse no es tan rico y que lo hagan tampoco, porque nadie la ha superado.

Un poco de leche

Sí, me gusta que maúlles como gata, si me gusta que arquees la espalda como felina, que muevas la colita y tus ojos te brillen en la oscuridad. Que si me gustan los ronroneos cuando me besas y me muerdes los labios, y me los jalas y se te escapa una sonrisa de picardía. ¿Cómo no me va a gustar? Que me gusta que restriegues tu piel, tu pecho con mi pecho, los pezones rozándose uno a otro y tu lengua, lamiendo como si tuviera un poco de leche en mi rostro. Que si me gustan tus uñas, como garras, marcando líneas en mi vientre y armando caminos entre los vellos púbicos y te haces la que no sabe como, cuando me agarras el miembro y lo mueves torpemente para desesperarme, así como los gatos hacen cuando su amo no les presta la atención debida. Si lo tienes en tu mano, para mi ya es demasiado tarde, porque ya no me puedo soltar y me tengo que aguantar el hilo de saliva que haces con la punta de tu lengua, desde la abertura de mis labios, bajando a mi cuello y llegando, sin querer queriendo, a mi ombligo.

Entonces abres la boca y como tú dices, me tienes completo. Maúllas con la boca llena, sonríes con la boca distorsionada, no bajas hasta la garganta: No, no todavía… porque tienes tus ojitos cerrados y será en el momento que los abras, cuando veas mi cara llena de gozo y así, sólo así, es que tu cabeza bajará completamente y dará paso la humedad entre tus piernas, por el gusto de mirar el deseo que te tengo. Cuándo la humedad pega con la brisa, se siente el frío en el cuerpo y un escalofrío recorre a ambos, simultáneamente, conmigo alza las caderas, contigo baja el rostro. Sigues mamando, me miras y yo jadeo, como perro hambriento.

El meneador…

…de su tilín tilín con bélico furor mientras lo lavaba con el religioso cuidado de una virgen.

Un hombre común, como cualquier otro… ¡Vaya! ¡Hasta podría ser un bloggero como todos nosotros! Imagínense a un burócrata, a un profesor de la escuela, a un señor barrendero o a un ejecutivo de alto grado… cómo quieran, es un hombre común, con una vida común y un coche común. ¿Qué más puedo decirles acerca de él, qué la palabra común no pueda describir? Tal vez… tal vez… si hay una cosita, una cosita pequeñita que se sale del contexto o de la obviedad de la palabra común, no digan a nadie que yo se los conté y préstenme su manita, –les prometo que no pienso menear nada con ella… solo quiero llevarlos de la mano, no sean tímidos… anden, anden chiquitos y chiquitas… acérqueNsen tantito… ¡vamos a jugar a los espías!–. Echemos una miradita en el mundo de este hombre común excepto por una cosita pequeñita…

(asomémonos por la cerradura del baño)

SE CONSIDERABA UN EXPERTO MENEADOR.

(¡Nooooo! ¡No aparte la mirada! Mire usted, ni crea que se me escapa)

Se miraba al espejo y se decía: Ayam Masturbeitor-verber. Le meneaba al tilín tilín con una sonrisota, que ni vean, mientras susurraba a viva voz: a huevito… a huevito… a huevito… así con un ritmo magistral.

(apuesto a que se lo imaginó gráficamente, pues imagínenme a mi, cargando la imagen mental todo el día y silbando en la calle: a huevito, a huevito, a huevito… ser escritor de porquerías no es fácil, ¡ahora sufran conmigo!).

Y con el cuerito, hacía representaciones de todas las obras magistrales hechas por el hombre. Desde la Torre Eiffel, hasta la Esfinge. Desde la sonrisa de la Mona Lisa, hasta el rostro enigmático del Pensador mirando al infinito. Es que era un meneador experto, para él, su piel era como barro. (específicamente la de e-se-pun-to en partícular).

(El arte de la humanidad, en el tilín tilín de un imbécil. Such is life in the fucking tropics, hurray!).

Y lo hacía con un bélico furor, que en cualquier momento parecía que se le rompería. ¡Pero no! Es que el señor ya había agarrado callo (li-te-ral-men-te) y conocía, perfectamente, sus límites y sus estiramientos. Al igual que sus ojitos que se le ponían blancos, blancos… y aullaba como un vaquero, montándose en la taza de porcelana o en la tina turca como alguna vez fue.

(NO APARTE LA VISTA, NI CREA QUE ME VA A DEJAR SOLO CON EL MARTIRIO DE PENSAR COMO ES UN MENEADOR DE SU TILÍN TILÍN. Querido lector, por una vez… sufra conmigo, per piaccere!).

Ya en las últimas, fúricas y bélicas meneadas… nomás se escuchaba el agudo susurro traspasar la noche y eternidad: a huevitooo… aaaa hueeevito… a aa a aa hhhuurgheevitiiiitoooooo……..*****

(Explosión de un volcán. ¡El fuego de Heráclito se queda pendejo!. ¡Qué imagen tan ad hoc la de los cineastas!)

Pues tanto cariño le tenía que se demostraba en el proceso siguiente… lavarlo con el religioso cuidado de una virgen, no es sencillo. Sales aromáticas, toallitas para piel hipersensible, jabones neutros y un moñito rojo para ponérselo todas las noches… así, así… apenas y lo acariciaba, después de haberle puesto semejante maltrato al pobre individuo… y bien, si necesitan saber esto… (yo no, realmente no), la calva le quedaba brillante. PLINK!!!!

(finitum, ya no más tortura… ni para usted, ni para mi… ¿le parece?)

Ahora, imagínense… que no era un hombre del todo común.

Imagínense… que es Batman.

Y toda su vida, quiso ser Batman.

BATMAN! dugururu… BATMAN!

Instrucciones para la masturbación con cajeta

Ingredientes necesarios.

Un bote de cajeta.

En caso de la persona femenina: Una vagina.
En caso de la persona masculina: Un pene.

También se puede aplicar estimulación anal.
Si hay temor hacia los genitales, nada más abran la boca y digan ¡AH!

Si eres transexual… pues me da gusto por vos. Sé feliz, sé creativo.

Instrucciones de primera mano.

Despojarse de la ropa.
Abrir el botecito de cajeta.
A menos que te guste hacer porquerías en las sábanas, o los sillones, o donde haya tela –en general–, elige un espacio abierto y que pueda limpiarse fácilmente.
Ponte el botecito de cajeta en el vientre para fácil acceso.
Hunde los dedos en la cajeta y vulgaris dichotum est: atásquense puercos, que hay lodo.

Variantes.

Dependiendo de la zona erógena con la que estés más… cómodo (en sí, este manual es para la zona genital, pero la zona bucal y la zona anal pueden ser igualmente explorables), toma cajeta con los dedos y distribúyela uniformemente en la palma de la mano. Frota en círculos sobre la zona erógena de mayor valor en tu escala de prioridades.

Advertencias.

No lo hagas en la misma habitación donde haya un perro o un gato. (Nota para los zoofílicos: En realidad, no me interesa saber).

En caso de haber irritación, con agua o con un poco de leche.

Aliméntate sanamente.

El sexoexperto

Es que toda su vida lo había sido, lo supo desde el momento en que vio aquella silueta femenina –la hija del embajador: Vanessa Van Wright–, en la ventana y confundido miró un lienzo que le perteneció a un pintor vagabundo. ¿Él lo había pintado? ¡No, indiscutiblemente él pintaba mejor! Y sobre todo… pintaba turbias pasiones en los cuerpos femeninos, los cuáles conocía a la perfección. Se sabía los siete puntos erógenos-karmáticos y sabía torcer la lengua como el colibrí. Se le cayeron los bigotes y dejaron un rostro varonil, pulcramente afeitado; el cabello se acortó lo suficiente para decir que llevaba un casquillo corto a la vieja usanza y con un poco de copete por ahí; los ojos se le hicieron de un verde intenso y las cejas, espesas; los músculos se marcaron de gotitas de sudor seductoras, en una tez que se tornó bronceada; los labios se le engrosaron y hubo otra parte de su cuerpo que crecío un poquito, digamos que unos… ejem, veinticinco centímetros.

Veinticinco centímetros reposando. Ahí tá, imagínense, ¿a poco no es un burrito en potencia? ¡Es que no podía significar otra cosa! El sexo experto descubrió, finalmente, el sentido de su existencia: complacer a las mujeres y demostrar que era el chingón de los chingones.

Caminó como un Titán hacia la casa y la mujer presintió al sexo experto, desde que le escuchó subir las escaleras. Es que el hombre emanaba sexualidad, testosterona y quien sabe cuantas hormonas más. Perfumadito de azahares por naturaleza, el humor alcanzó las fosas nasales de Vanessa Van Wright. Esta sería una noche… una magnífica noche, ella podía intuirlo. Entre sábanas le esperó ansiosa, como un temblor sus pasos que se escuchaban en el pasillo, suspiró y al ver el vapor que emanaba de ella, apenas notó el calor que hacía en la habitación… lo bueno es que traía el baby doll que compró alguna vez en Alemania. Un baby doll rosa muy… adecuado para la situación. Juntó las piernas, nerviosa por la anticipación y entre-abrió los labios, exhaló deseo.

Y eso… que él no había entrado.

(a.h.u.e.v.o.)

La puerta se abrió sola para permitirle pasar, él jamás hubo de tocarla y así como no tocó a la puerta, no necesitó tocar a Vanessa para que esta exclamara en una mezcla de pasión y sorpresa. Él entró a la habitación y después la puerta se cerró, a las narices de nosotros espectadores que esperábamos ansiosos una escena cachonda.

Pero como no tengo ganas de escribir sexo del más puerco, indecente, pasional, gozoso, cabronsísimamente exilorargásmico que existe… y no es ad hoc a nuestro héroe, cuya dominio de la profesión intuimos es perfecto (así como hemos intuido el dominio de las profesiones anteriores)… únicamente he de transcribir los efectos de sonido, que en su mayoría es diálogo de nuestra querida hija de embajadores.

Aviso 1: tápele los ojos a su hijo o hija.

Aviso 2: Vanessa Van Wright, como era de esperarse en un escrito de esta clase (no me consta así en la realidad, puesto no conozco hijas de embajadores… sin embargo, si contamos que personas “distinguidas” como las Hilton hacen sus cochinadas turbias para que cualquier persona, como usted, como yo, como el México real y de hecho, internacionalmente, las comparta por la red… entonces, ¡figúrense nomás!)–: hija de embajador, boca de trailero.

Transcripción–: Mein Gott! ¿Pero quién es usted, al qué parece que he esperado toda mi vida? ¡Ay, pero qué es eso que tiene bajo los pantalones! Es el primero que conozco con tres piernas… ¿pero usted no ha visto a un pintor, con el qué me iba a casar mañana? No, no… péreme… ay, ay… pereme tantito, no se me acerque tanto que no me he prendido… la calefacción, digo. ¡Hace un calor terrible aquí! ¿No le parece? … yummm, para qué quiero un pintor con semejante… brocha gorda para mi solita… a ver, este, ¿cómo se llama? ¿Ummmm? ¿No tiene nombre? ¡Ay, debo estar en el cielo! ¡No habla, este es el hombre de mis sueños! ¿Pero abre la boquita para otras cosas? ¿Digo?

Sonido de alguien que se sienta en la cama.

Balbuceo de Vanessa–: A mi en un tiempo me dijeron la rompe-catres, ¡Ay no! ¡No! ¡No quise decir eso! Quise decir, que en un tiempo me dijeron la rompe-cartas, porque verá… yo era muy buena en el póker, eso es muy raro, ¡Ay mi Dios!, espéreme… no se me acerque tantito… no, bueno… si, acérquese tantito, creo que tiene una basurita en el ojo. Achtung! En realidad no sé alemán, no sé mucho quise decir, pero mi papá me mandó a escuelas, digo… no aprendí nada, sólo a apreciar la buena carne… ¡CLASE! ¡QUISE DECIR CLASE! Me pone usted muy nerviosa con esos ojos que tiene, no sabe.

Reiteración de la Advertencia 1 y preludio a la Advertencia 2.

Foreplay–: ¡Pero quién le ha dado permiso de que con sus labios jugositos y carnosos me esté humedeciendo el cuello… ay… dió… sígale, sígale, ¡no pare! En la escuela me decían que debía ser una damita fina y recatada, usted sabe…

Advertencia 3: Deja de leer, pinche puberto. ¡Anda a hacer tú tarea huevón, que ya empezaron las clases!

La gozosa de Vanessa Van Wright–: Pues yo pensaba: ¡No mamen! ¿Y sabe por qué yo pensaba eso? ¡POR QUE YO LES DIGO CON SU PERMISITO, YO SI MAMO EH? ¡Ahí le viene el pancito de mis labios a su choripan! Véngase papacito, que desde hace rato se la estoy mirando y nomás se me antoja.

Efectos de sonido imposibles de describir, a excepción de que se imaginen una aspiradora orgánica.

Caliente, caliente–: ¡Pero que si usted no se queda quieto! ¡Ay muévele la lengua a la puchurungunitarita corazoncito que se me está! ay, ay, ay… ¿Esas manitas? ¡Pero a dónde me vas a poner esas man… AYYYYyyyyyy…. ahí déjalas mi rey santo y adorado, que me muevo, me muevo… ¡eso! ¡Dómame tigre! ¡Castígame! ¡Qué me duela! AYyyyyyyy papito rico, chulito, ¡qué digo chulito si está bien chulote!, ¡qué no me hagaaaaaaaaaaa esooooooo! ¡Ay coño! ¡COÑO! ¡Que me la empuje más adentrito! ¡Uuuuuuufffffaaaaaaaaaaaa! ¡Por la sonrisa de Luis Miguel y todos sus imitadores, que esto me está gustando! Ay no papi… primero se toca, por ahí se toca antes de entrar, ¡AYHIJOESUPINCHEMADRI! ¡Ay por los veinticinco centímetros de mi profundo interior desconocido y no sé que coños estoy diciendo, pero muévete papi, muévete! ¡UNF! ¡UNF! ¡UNF! ¡UNF!

Así… transcurrieron las horas hasta el amanecer.

Conste–: yo les advertí.

En fin, nuestro querido y bien-amado sexo-experto salió de aquella habitación, dejando a una mujer medio enloquecida de lujuria, babeando la almohada y con una estúpida sonrisa de satisfacción desmedida. Un nuevo propósito se forjó en su alma y ¡es qué con tanto diálogo de ese estilo, cómo no se le iba a ocurrir!.

En su siguiente vida, sería el párroco de una iglesia. Pues le dijeron santo, padre, y tantas cosas, que se la creyó.

¿No me creen? ¡A mi qué me dicen! Puaffffffft.

El padrote

Utilizó sus artes de ninja para conseguir su nuevo vestuario. Un traje Armani, unos zapatos Gucci, un Rolex y cuanta joyería pesada se pudo conseguir. Se despidió de su espada con tristeza, pero al mirarse el espejo, comprendió que su nueva vida era la indicada. Lleno de collares, de amuletos, de pulseras y cadenitas de oro. Se puso unos anteojos oscuros, sacó un bastón de caoba y se miró al espejo: Era el Padrote, no cualquier padrote… no… SANTO PADROTE.

Inmediatamente se fue al dentista y pidió que le pusieran un diente de oro. Ahora si estaba completísimo, paseándose al ritmo de “Somewhere over the rainbow – What a wonderful world”, le sonrió a las nenas de Plaza Comercial Santa Fé y cómo no, todas se le acercaron como una jauría hambrienta. Practicó su discurso y las primeras tres veces fue errado, pero de tanto intentar encontró las palabras adecuadas y tenía a su disposición cien jovencitas —MAYORES DE EDAD, POR SUPUESTO—, conscientes del nuevo negocio, los beneficios y los riesgos.

Las empezó a vender entre familiares y amistades, sin ninguna consideración, puesto era el padrote más habilidoso del mundo. Hizo tratos con el dueño de una cadena de moteles y tuvo cinco taxistas a su disposición para traerlas de un lado a otro. Niñas ricas, eran las mejores, consideraban lo más pobre como lo exótico y así, fue armando su imperio de sexo y prostitución.

Después vinieron los videos, las fotografías. Con ello, extorsionaba a los hombres más ricos del mundo. Su imperio era tan famoso que todos los hombres querían a las niñas ricas y jovencitas que el padrote ofrecía. Ahh, pero al principio no extorsionaba, no… cuando se presentaba y sacaba su catálogo de cien mujeres, era el hombre más amable del mundo, le brillaba el diente de oro y tintineaban sus mil artilugios de joyería. A sus chicas las cuidaba y las mimaba, comprándoles vestidos y otorgándoles cualquier niñería que su Sindrome Pre-Menstrual exigiera. Claro, sin exagerar, cuando una le pedía las perlas de la virgen le regañaba como se le regaña a un niño chiquito y santo remedio.

Y el padrote se paseaba en las calles, blandiendo su bastón de un lado a otro, con lentes oscuros y amplia sonrisa. La gente le admiraba por empresario y conocedor, sus mujeres le querían por mimador y regañador, los hombres le hablaban bonito por sus favores y pro-te-ger-su-vi-da-es-con-di-da. ¡Salud por el padrote, en ninguna de sus vidas nunca le había ido mejor!

Pero la policía se inventó algo para encerrarlo en la carcel, ¿ustedes qué creen? Específicamente un alto funcionario del gobierno que se había cansado de ser extorsionado y en esos momentos se divorciaba bien agusto de su esposa. Estaba juntando sus bien ganados pichicateos a uno que otro AFORE y a uno que otro BANCO DE INVERSIÓN y un poquito a la TESORERÍA NACIONAL para irse a Dinamarca. Lo mínimo que podía hacer, era encerrar al cabrón que lo había exprimido. Jo, la excusa fue por evasión de impuestos. Así que mandó una flota de patrullas, quien el Padrote detectó desde kilómetros a la redonda y corriendo, y sonando como la campana de una iglesia, y el destello dorado de su diente como una estrella… se metió a uno de los hoteles, con veinticinco policías pisándole los talones.

Se metió a uno de los cuartos y luego a uno de los baños, jadeando y respirando. Estaba preocupado porque no tardarían en entrar, encontrarlo y al bote encerrarlo. Pero la preocupación se le fue, al encontrar el verdadero propósito de su existencia confusa.

Miró el baño, se desnudó y sonriendo se miró al espejo.

Esta vez sería una tina, y bien turca.

Además.

La hija del orador

El orador enfrentó la siguiente pregunta de un adolescente de lentes, flacucho. Le miró atento y se dijo para si: Este es el listillo, que nunca lo tiene pero quiere estar bien informado. Se anotó un diez por su juicio y al terminar la pregunta, respondió automáticamente: El coitus interruptus es sacar el pene de la vagina con anterioridad a la eyaculación. En la teoría, este método es probablemente tan efectivo como algunos de los métodos más convencionales. Sin embargo, en la práctica, frecuentemente se escapa algo de semen. Esto puede ser suficiente para iniciar un embarazo. Por ello, éste no es un método seguro.

El adolescente respondió afirmativamente a cada una de las palabras y después tomó su lugar. Si, el orador se anotó un diez y puso la mirada que decía: “Estoy listo para la siguiente pregunta”.


La hija del orador, en cambio, gemía. Gemía y gemía. Tenía el pecho contra la cama y las nalgas bien alzadas, aferraba las manos contra la sábana y medio gemido se iba contra la almohada. Pero el restante salía muy bien, a él le gustaba cualquier sonido hecho después de metérsela. La frente de la hija del orador estaba empapada de sudor, sus labios secos y la nariz dilatada. Como lo estaba disfrutando, con los ojos bien cerrados y la boca bien abierta. Sus senos se aferraban contra la cama y los pezones erectos resentían la fricción suave de la tela. Las manos de él, estaban alrededor de sus caderas y el cabello largo, le tapaba los ojos cerrados. Él decía el ritmo, él decía que tan duro.

No era como su padre.

Su padre fingía y le hablaba bonito, así había sido desde los catorce y después, al terminar, su padre se echaba a llorar. Así fue siempre que su madre no estaba y había oportunidad. Una vez le había dicho a su madre y cachetada directa, ¡cómo te atreves a mentir, pequeña ramera! Desde entonces lo único que pedía era que no le mintieran y sólo se la metieran. Así como él había hecho desde que le conoció, como estaba haciendo en ese instante. Empujaba y sacaba, le apretaba las nalgas y a veces se las dejaba rojas, por su piel tan blanca. Un adentro y dos afuera, hasta el fondo y con toda fuerza. Como lo disfrutaba, como el calor se le juntaba en el cuerpo, como el sexo se sentía en su vientre.

La tensión se le acumulaba en las piernas cansadas pero él pedía que alzara más sus nalgas. Ella obedecía, y sin saber por qué, le llamaba papi. Después de hacerlo a él le preguntaba: ¿Así papi? y repetía la pregunta hasta que se le iba en gemidos ahogados y el siguiente grito. Sólo quedaba el papi, remolino de aire escondido en los pulmones y los gritos inconclusos. Con fuerza agarraba las sábanas y las apretaba, el sudor ya empezaba a inundar su espalda y el aire, le hacía sentir escalofríos que le estremecían el cuerpo. Pero no importaba, le gustaba que no le mintieran.

Cada otro que se agarró antes de este, intentó ser tierno o resultaba ser débil. Eran unos mentirosos, con M mayúscula. Pero de éste se enamoró porque desde el primer día, le dijo que pensaba que era una puta porque con todos se acostaba. Esa era una gran mentira, con ningún otro lo había hecho. La habían invitado a salir, era cierto. Habían intentado tocarle también. Pero ni mano, ni boca. Muchos intentaban y todos fracasaban. Ni culo, ni vientre. Y a él no le sacó de su error, le gustó el sobrenombre y ahora rebotaba de un lado a otro de la habitación, y se le metía en el oído y en la circulación de su sangre cada que lo escuchaba. Y le cimbraba el alma y se le mojaba el sexo. Apretaba las piernas, apretaba los músculos internos y que le doliera más lo que le estaban dando.

Después de la palabra religiosamente dicha, él le tomaba el cabello y le jalaba el rostro. Gritaba y le dolía, pero como le encantaba liberar los gemidos que había guardado en la garganta. Empujaba su cuerpo contra él con más ganas, que la partiera en dos, que no se detuviera y cuándo él lo hacía, a ella le bastaba mover sus caderas y él entonces, le jalaba la cabeza con más fuerza. Él estiraba entonces su rostro, hablaba a su oído con la voz callada y con una sonrisa: ¿Así le gusta a la putita?, y le saltaba el vientre nada más de escucharlo. Con verdades más le gustaba. Ella volvía a decir las afirmaciones con el papi correspondiente, y él no escuchaba o fingía no escucharle o su voz estaba perdida y realmente no respondía. Inmediatamente después volvía a preguntar: ¿Qué tanto es tantito, verdad putita?

Aumentaba la velocidad y el ritmo. Se perdía el diminutivo y la palabra entera volvía a rebotar en las paredes, hasta el último grito.

Al final, ella pedía estar sola y lloraba en el baño. Nunca terminaban, ninguno de los dos, pero no les importaba. Él ya sabía, porque la había escuchado en ocasiones anteriores y no preguntaba. Tan sólo caminaba a la ventana y prendía el cigarro después del sexo. Miraba y miraba.

Se sentía aliviado de no estar enfermo.