L

También soñé con L. Imprecaba que hubiéramos cogido tan mal la última vez. Traté de hacer memoria. ¿Hablaba en el mundo del sueño o hablaba del mundo real? Miré bien la cara de L. ¿Existía? Entonces me empujó contra un sillón, bajó mi cierre, la sacó y se la acomodó. Ella parecía feliz montándome mientras yo pensaba que querría decir este sueño, así como me he preguntado de los muchos otros sueños que he tenido. Quizás es porque disfruto a mi narrador sucio y necesito llenarlo de encuentros. Darle algo de qué hablar. Más que un semental, un peregrino de accidentes fortuitos y sensuales. L me miraba a los ojos. Le puse una mano en el cuello para ahorcarla. Me gusta ahorcar (poco, tampoco quiero matar) mientras cojo, he agarrado ese raro gusto. Le recordé que yo me había cogido su boca, que yo fui el primero en cogerme su culo, le recordé un montón de cosas más en el paraíso del sueño. Quizás mañana despierte, con la verga erecta y el sudor en la espalda, y me dé cuenta que nada de esto es cierto.

La vecina

El otro día soñé con la vecina. Soñé que me la cogía y que después era vergonzoso vernos. Ella se enojaba conmigo. A mí no me importaba. Cosa rara porque no soy así, ya no. El matrimonio me dio buenos límites. Siempre que sale me sonríe amablemente. A veces usa shorts y deja ver las piernas. Usa colas de caballo como me gustan. Perfectas para coger de perrito. Me gusta su sonrisa pero es que vivo en un lugar de jóvenes, muy jóvenes, por supuesto que todo me va a gustar aquí. No solo mi vecina, también la otra y la otra. Andan en faldas, con el culo parado, con amplios escotes o mostrando los muslos. Mientras tanto yo tengo que hacerme el duro (para sentirme un poquito más seguro) y ser amable, voltear para otro lado, mientras que mi esposa se ríe de mí y me muestra las nalgas de otra, y me pregunta cómo me gustaría cogerme a esa, y a la de blusa verde y a la del cabello claro; nomás que se entere me gusta la vecina no me la voy a acabar.

Las putitas

A veces no puedo evitarlo, y mientras paseo les miro el culo y las piernas a todas las putitas que caminan adelante de mí, a mi lado o que me rebasan con su bicicleta. Trato de enfocarme en la música de los audífonos, en que la perra no jale demasiado la correa, en el cielo poblado de zanates pero luego aparece alguien con las piernas descubiertas y debo detenerme para mirar los péndulos que marca con sus extremidades. Algún romántico mexicano dixit. Entonces pienso, en mi tono más animal: si fuera más joven, si fuera soltero, si tuviera dinero, si tuviera poder (sí, un montón de pendejadas), esa putita sería mía. Esa putita sería mía. Estoy consciente que esa voz, esa segunda voz, es la de algún personaje. Un personaje que en sus pensamientos es un criminal pero en su vida es un cobarde. También puedo separarme de él mientras camino y observarlo, cómo su hocico lleno de baba y sus ojos enrojecidos son una actuación, un mero deporte, un delirio patético para suavizar la tranquilidad inexorable de las tardes. Soy mi propio putito.

Lado B

En el lado B puedo escribir mis ganas de cogerte la boca. Si no lo hago en el otro es porque los patrocinadores me están vigilando. Entonces partí mi libro en dos. Mientras que el otro habla de sueños, obsesiones adultas, dolores inventados, libros por leer y videojuegos quemados, en este puedo contarte que te quiero coger la boca (el narrador vulgar, sucio, que muchas veces evito cuando estoy escribiendo otras cosas y constantemente estoy ejerciendo un autocontrol improbable sobre muchas de mis historias). Una mano bajo tu quijada, la otra en tu cabeza y después entrar y salir como si la humedad fuera otra, como si las protestas fueran los sonidos de la carne abriéndose, como si la lengua en vez de buscarme la contraria estuviera recibiéndome en copias diminutas, y blancas, y llenas de saludables y machistas proteínas.