7. Blur

Cuando abrí los ojos, Eva todavía estaba ahí, usando una de mis camisas como única ropa. No había tenido sexo con ella, o no lo recordaba, no sé cuánto había bebido. Cuando abrí los ojos, busqué mis lentes pero no los encontré, vi el borrón de Eva con una taza de té, sentada en el sillón conmigo, mis piernas en las suyas, su otra mano sostenía lo que parecía un cuaderno. Si mis instintos no me engañaban, era uno de los diarios que contenían lo más sorprendente en mi vida, lo más inesperado. Aquellas cien noches que empezaron a registrarse. Mi cumbre y mi fondo. Cerré mis ojos y escuché la taza de té aterrizar en la mesita. La mano de Eva empezó a acariciarme las rodillas y después el vientre. Me dolía la cabeza, no quería hablar, sentía las colillas del cenicero en la garganta. Cerré los ojos y traté de dormir, mientras sentía como me cosquilleaba el vientre, con los dedos de Eva toqueteando juguetónamente el cierre.

–La noche del Francés –leyó Eva en voz alta–, me hizo comprender donde estaba, que esto iba en serio. Al mirar la facilidad con que compartía su sexo con uno, y que esto podría estarlo haciendo con otros, y como esto lo hacía por entretener a un grupo de gente, me hizo comprender que incluso algo tan íntimo podía ser fingido o actuado. Entendí la estrechez de mi mente y entendí que lo mío siempre sería privado, si acaso dos personas nada más. Comprendí que yo siempre sería un espectador o un actor discreto, que yo no sería capaz tocarle las tetas para inmediatamente después, sonreírle a la cámara. Yo no sería capaz de grabarnos un video para disfrutarlo con los amigos. Todos notaron mi silencio, mi rigidez. Marcos no dejaba de ofrecerme una soda, sonriendo un poco, no sé si sentía pena por mí o si se estaba burlando, como Almaguer –Eva suspiró, abrió el botón de mi pantalón, subió mi playera, me acarició el estómago–. A los pocos minutos, entré a tu habitación, ¿recuerdas? Y te pregunté que te había parecido.

Entrecerré los ojos, Eva continuaba siendo un borrón. Mis lentes, quería mis lentes y mi vientre cosquilleaba en respuesta a sus caricias. Me dolía la cabeza, lo que menos deseaba era recordar la noche del Francés. Eva dijo que se quedaría una noche la tarde que llegó a verme, sin embargo, de buenas a primeras, al siguiente día me pidió permiso para quedarse y que no quería un hotel. Que procuraría no molestarme, que estaría cenando varias noches con viejas amistades y que si quería, podíamos cenar juntos el veinticino o hacer algo, lo que yo quisiera. Estaba borracho como siempre y me sentía solo, así que no pude negarle nada. Mis padres habían muerto hace unos años y no tenía a nadie para festejar. Si acaso acepté fue para no quedarme solo. La presencia de Eva fue muy discreta, tal como ella lo prometió. El veinticinco aceptó acabarse una botella conmigo, mientras escuchábamos música navideña y nos reíamos, contando chistes estúpidos.

–Creo que estabas escribiendo esto cuando te lo pregunté –dijo Eva–, porque cerraste la libreta, me miraste como si fuera una rareza y me expresaste que te había parecido muy bien de la manera más seca posible. Yo me reí como nunca al ver tu cara, los del grupo me habían contado como te habías puesto, pero al verlo tan cerca no me la creí. ¿Piensas hablar de eso en tu bitácora también?

–¿Cuál?

–La de internet.

–Oh, has estado ocupada –le dije–. ¿Te molesta que lo haga? Incluso te cambié el nombre.

–No me molesta, si con ello abandonas la idea de usar esa pistola mejor.

–¿En serio quieres detenerme?

Vi el borrón de la sonrisa de Eva.

–Siendo honesta, no creo que tengas el valor para hacerlo, así como no tienes el valor para negarme lo que estoy haciendo, así como no tuviste el valor para negarme aquella noche que me envió Almaguer para tranquilizarte –la borrosa mano de Eva bajó el zipper, o la cremallera como dirían en su patria y buscó debajo de mis pantalones, sentí su mano fría, tranquilamente empezó a acariciarme por encima de la ropa interior. Tenía razón, no pensaba decirle que no, el cuerpo lo haría, me dolía la cabeza, estaba crudo, no se me levantaría nada–. Nunca has tenido el valor para hacer nada, es por eso que estas donde estas, pero no vengo a deciros mi verdad sobre ti. Aunque estas escribiendo la bitácora en la internet y es distinto a lo que leo aquí. Puede que te cures. ¿Quieres qué me quede contigo hasta que termines?

Los ojos borrosos de Eva estaban mirando a los míos, hice una mueca, no sé cual y ella solamente se rió. Sus dedos jugaban al gato encima de mi ropa interior y, aún esperando que mi cuerpo se negara para evitar decirle que no, este se rebeló e hizo lo que quiso, ella lo tomó con sus dedos, por encima de la tela y empezó a masajear. Aquella noche, cuando Almaguer la envió a tranquilizarme, si tenía lentes y pude empalmar los recuerdos. Pude empalmar su rostro, su cuerpo solamente vestido con una bata, estaba nervioso todavía por lo que había visto con el Francés, no podía dejar de imaginarme su mirada retándome, el arco de su espalda retorciéndose, sus gemidos.

–Quítate los pantalones, es una polla y ya. Me dijo, muy seriamente, Eva. Pío Pío. Y luego no escribiste lo que pasó después, pero te lo puedo recordar. Puedo recordar tu rostro sólido, tu vaso de whisky a medias, tu cigarro consumido, el silencio que me respondiste. Me quité la bata, me acerqué a ti y me arrodillé. Te rodeé las nalgas con mis brazos, te acaricié con la cara y tú seguías rígido en todo el cuerpo. Desde entonces hasta hoy, la rigidez existe, en algún lado, yo creo que en tu espíritu, si tal cosa existe. ¿Hay alguna manera de suavizar tu espíritu? Y restregué mi cara contra tus pantalones, hablando de rigidez… y podía sentirla, podía sentir el calor que emanaba de allí dentro. De lo que se perdió la putita aquella, ¿Lorena dices? Porque pude intuir de que estabas hecho, pude intuir con tu sexo, traspasando el olor a whisky, atravesándote por la piel. Tú lees a las personas con tus ojos, yo los leo con la boca.

El borrón de Eva sacó mi borrón de sexo y lo metió en su boca borrada. Todo parecía en paz, todo parecía la unidad profética. Lo mismo hizo aquella vez. Me rodeó con sus labios y empezó a robarme algo. Empezó a borrarme el frío en los huesos, que me dio al verlos platicar a todos desnudos. Y también, con la boca se llevó su imagen de gata sonriente, que cerraba los ojos con cada embestida del Francés. Es como si ella me hubiera dicho cariños al oído, eligiendo entregárselos, más bien, a mi sexo, platicándole frente a frente, piándole a la polla de cerca. El borrón de Eva y los labios que se hundían, la humedad… ella tiene razón, aquí adentro se conserva algo imposible de alcanzar, inclusive por mí. No puedo siquiera disfrutar una mamada sin estar pensando, sin estarla analizando, sin querer otorgarle líneas de separación a la carne borrosa. Y aún así se sienten las pulsaciones en los testículos, en el vientre, se siente la lengua y la humedad y la carne, como si fuese autónomo, como si estuviese separado de mi cuerpo. Y se sintió aún, como aquella vez, la erupción de mi semen en su boca. Recuerdo su cara de esa noche: una polla es una polla. Y no pude ver sus ojos, como aquella vez, dos brillos difusos que pretendían ser sus ojos, creo que su mano se limpiaba la cara o se llevaba los restos a la boca y la garganta. ¿Qué se yo?

–Pobrecito –dijo Eva–, pobrecito pobrecito. Que tu sabor me dice lo perdido y solo que estas, me dice lo cobarde que eres, me dice que cuando venga el momento no serás capaz de tomar esa pistola y darte un tiro.

6. Eva

–Es una polla y ya –me dijo, muy seriamente, Eva. Pío pío. –30 de Noviembre, 2003.

Eva me llamó ayer, a las seis treinta y cuatro de la tarde. Fíjense. Rewind. Stop. Play. Hola, estoy en México visitando a los amigos y me encantaría verte. ¿Vale? Llama a este número xxxxxx cuando tengas un momentito. Almaguer me dio tu número, espero no te moleste. Stop. Y llamó otra vez. Y escuché de nuevo el mensaje. Play. Te extraño como los extraño a todos. ¿Estás bien? A… mi nombre no vale, no vale. Vale no. Fast forward. Play. En serio, quiero verte. No quiero que me obligues a pedirle tu dirección a Almaguer, por cierto, feliz cumpleaños atrasado. Stop. Mi cumpleaños fue en noviembre, trece, por si a alguien le interesa… en serio quiere verme ¿después de todo lo que pasó? Play. Todos te hemos perdonado, yo… yo te he perdonado.

Stop.

Aquella tarde, donde la niña masticaba el melocotón, llegó un camión con mis cosas. Ramón, uno de los guardias armados, subió a avisarme y me preguntó si deseaba que subieran las cajas a la habitación. Yo asentí. Era un hombre de bigote, moreno, jeans, camisa de cuadros y una panza de tres meses. Mellizos, pensé y sonreí perverso. Se veía cuerdo y sereno. Lo acompañé abajo, hacia el camión y miré como los trabajadores descargaban diez cajas con mi vida empacada y eran dirigidos por Ramón a mi habitación. Almaguer pasó por ahí y me dio una palmada en la espalda.

–En lo que descargan tus cosas, vamos a comprarte ropa –me dijo–. Espero hayas disfrutado tu desayuno.

Le sonreí. Cuando olí mi propio sudor y el alcohol de la noche anterior, entendí la diplomacia y la poca disposición a platicar de Azul. Necesitaba un baño y ropa nueva que Almaguer me había prometido. Quise bañarme primero, pero Almaguer me lo impidió y me llevó al centro comercial. Permití que Almaguer eligiera por mi, aportando un poco al asentir cuando me señalaba algo. Nunca fui muy quisquilloso con la ropa hasta que él me enseño de la presencia. Lorena, a veces, escogía la ropa por mí y tenía buen gusto, porque siempre había algún comentario cuando llevaba algo suyo. Habremos tardado dos horas, Almaguer se encargó de que subieran y acomodaran mi nuevo guardarropa y llegamos justo para la cena.

yo te he perdonado.

En la cena se encontraban todos los del grupo, excepto Eva. Es que vino el francés, dijo Almaguer, se encuentran en el Registro y cuando terminemos iremos a verlos. El argentino y Azul se miraron como complices, el Negro enseñó sus dientes blancos en una gran sonrisa. Bisteces, unas cuantas tortillas, papas cocidas y frijoles. Una cena muy mexicana para todo tipo de gente. Platiqué un poco con ellos, de sus intereses, de qué hacían en las mañanas y en las tardes. Todos respondieron con una hora de gimnasio y me invitaron, coordialmente, a que les acompañara. Reí educadamente y me serví otro whisky. Marcos me contó que le gustaba pintar, que estaba yendo a clases con una pintora y que también le servía de modelo, que le gustaba caminar en las tardes y que llevaba su alimento para las palomas, igual que Borges (lo dijo él, no yo). Los demás se rieron cuando dijo eso y podía entender un poco el chiste… con la pinta de metrosexual de Marcos, yo no le visualizaba alimentando palomas. Horacio tenía una vida un poco más activa, veía a sus familiares que vivían en Oaxaca cada que podía, les visitaba para comprarles cosas y para pasar tiempo con su hermana menor. Le gustaba salir de antro los viernes que tuviera libres. El Negro estaba estudiando economía y se estaba especializando en finanzas, o algo así. Actualmente, salía con otro chavo de su carrera. Respondí con el rostro y todos se carcajearon con mi reacción. Me sentí de lo más puritano. Azul estudiaba derecho penal, hija de madre viuda y llena de tíos. Su familia sabía en lo que estaba, y aunque no se acostumbraban, trataban de entenderlo.

–El dinero –dijo Azul–. El dinero obliga que todos comprendamos. Además, no es como si no me gustara. Me gusta.

Alcé mi vaso en su honor y todos hicieron lo mismo. La compadecía, de alguna manera, y de otra, sentía que muy adentro estaba yo también hundiéndome como ella. Sentir lástima por ella era lo peor que podría hacer, si yo estaba participando en ello. Incluso el consumidor más moderado, sería un hipócrita si en cualquier momento compadeciera a cualquiera en el negocio, por el simple hecho de consumir, de requerir sus servicios. En eso pensaba, mientras tomaba mi whisky, se terminaba la cena y me preguntaron de mi.

Almaguer les detuvo con un gesto.

–Hay que ir con Eva, después de todo, nuestro escritor estrella ha visto muy poco.

Play. yo te he perdonado. Silencio. Fast Forward. Play. Ya pedí tu dirección, estoy tomando un taxi en este momento que va para allá. Nunca has sabido cuando abrir la boca, joder. Stop, hideputa. Y si, Eva llegó a las siete veintidós de la noche, cuando abrí la puerta me soltó una sonrisa cálida, una sonrisa que sólo las mujeres saben hacer y mueve fibras, las venas esas que se conectan al corazón y al estómago, y hacen que uno salte, que se hundan en un vacío enorme durante segundos, como cuando uno acelera de bajada. Me abrazó, me olió y luego se echó a reir. No has dejado de beber, corazón, pero te entiendo… lo entiendo todo muy bien. ¿No quieres ir a España? Te alojo un mes o dos, lo que necesites, y dejas ese mal hábito, te sentará bien el aire, te gustarán las calles. Jolines, Eva… Jolines no, risas, eso sólo lo dicen los niños y los idiotas, o los gilipollas que pretenden ser graciosos. Eso pretendía, precisamente… le dije, y no iré a España. ¿Aún tienes el arma? No puedo detenerte, pero quiero hacerlo. Quiero hacerlo. No fue tu culpa. En ese caso, no fue de nadie, pero alguien tiene que pagar, siempre alguien tiene que pagar o si no, las leyes de los hombres se quiebran. Gilipolleces, ¿quieres que me quede esta noche?

Entramos al Registro esa noche, El Francés era un hombre robusto, castaño claro, cabello quebrado y largo, con bigote, de unos cuarenta y tantos años. Había visto sus fotos en periódicos antes, ¿era un diplomático? Ummm, no, ¿o si? No, no, era un empresario, o era un empresario con un diplomático. Algo así, nunca me molesté en investigar, preferí saber lo menos posible por discreción, no por seguridad. Por eso nunca contrato jodidos de lana, me dijo Almaguer, porque aprovecharían mucho llevándose esas fotos y aún así, tengo software de seguridad disponible, uno nunca sabe. El francés pellizcaba con sus robustos dedos los pezones de Eva y se los enrojecía, su bigote sonreía, la piel se le miraba suave, sudaba poco. Los monitores en el cuarto oscuro del Registro me permitían verlos desde distintos ángulos, Eva en cuatro, mirándolo, sonriéndole muy distinto a como me sonrió el día de ayer, el Francés moviéndose, acelerando el ritmo, apretándole las caderas. Eva es la favorita del Francés, me dijo Marcos, ¿querés una soda? Si Azul presentaba una inocencia, Eva era todo lo contrario. Sentía como el rostro se me quemaba… los estaba viendo.

–Esta es una sesión privada –me explicó Almaguer–. Más tarde los editores harán un DVD y yo se lo entregaré personalmente. Suele presentárselos a sus amigos en reuniones privadas.

Como gatos, pensé, cuando El Francés recargó su mano derecha en el cuello de Eva y la empujó contra el colchón. Los fotógrafos tomaban fotos. A veces el solamente le sonreía a la cámara, mientras Eva se sumergía en su papel, El Negro y Marcos la comentaban, yo sentía que el rostro se me quemaba, miraba las piernas perfectas de Eva, el arco de su espalda, sus labios enrojecidos. A veces, Eva volteaba el cuello para mirar al Francés y le retaba empujando sus nalgas, la mirada coincidía con el espejo hacia el cuarto oscuro, la mirada de Eva coincidía con mi mirada. Almaguer, sonriente, me empujó el cuaderno, la pluma, y me dijo escribe, de eso se trata, escribe todo lo que ha pasado esta noche y no lo olvides. La segunda noche de cien noches.

5. John Lennon en medio de mi pequeña desgracia

Ver tanto por ahí, que hablan de John Lennon y su desafortunado asesinato, donde hacen viajes espacio-tiempo en letras y música, para honrar a un hombre creativo… me hace pensar dos cosas: lo que me sucedió en aquel entonces no fue tan importante y lo segundo es cuánto me da gusto que lo hayan matado. De lo primero, tengo mucho tiempo para elaborar. De lo segundo sólo lo haré el día de hoy porque ayer, hace unos años, lo asesinaron. Yo tenía cuatro años cuando el día y mis padres se entristecieron un poco por la noticia. Desde entonces, cada Navidad, le dedicábamos un poco de música y escuchaba a mis viejos hablar de Lennon, de como influía su música en algunos de sus recuerdos. A veces invitaban a sus amigos, y todos reunidos, entre el humo del cigarrillo que en ese entonces no mataba de cáncer, entre la música y la voz profética de aquel cuatro ojos, mientras yo tomaba un chocolate, miraba los rostros evocando los recuerdos de Lennon y de mis viejos, y de sus amigos.

Y no sólo eso. Veinticuatro años más tarde, la gente aún hace lo mismo. Incluso yo lo hago. Por eso me agrada su muerte, porque dudo que él tuviera el mismo impacto mediático si continuara con vida. No hay manera de saberlo. Puede que si algunos sociólogos, antropólogos y músicos, se juntaran a platicar del tema y pusieran las cartas sobre la mesa (estudios enteros de como John Lennon ha impactado a la sociedad moderna), además de otro estudio de la vida entera de John Lennon, podrían pronosticar que haría el día de hoy, podríamos saber si tendría el mismo impacto o si se convertiría en una sombra de McCartney. Nadie lo sabe, sólo podemos jugar con la posibilidad y la melancolía que su muerte obliga. La melancolía. Los recuerdos. La niña masticaba un melocotón.

Azul masticaba un melocotón la mañana del treinta de noviembre y leía “El Túnel”, de Ernesto Sábato.

La madrugada del veintinueve dormí como un ángel, en una cama enorme como la que soñaba para mi casa, con mi mujer. Con sábanas suaves como nunca había sentido, como una invitación a las caricias, como si las sábanas fueran lo único necesario para la intención sexual. Y la mañana, ese día la mañana fue como despertar en Chapultepec unos años antes de que se sobrepoblara. Los pajaritos y el frío me despertaron. Un árbol seco se burlaba en mi ventana. Me asomé por ella y el jardín se extendía hasta el otro lado de la fortaleza. “Detrás del espejo”. Había unas cajas dentro de la habitación marcadas con mi nombre y una nota escrita apresuradamente. “Quemé la mayor parte de tu ropa. Hoy en la tarde tendrás nueva. También te dejé tu desayuno, espero no abuses de él. A.”

Vi la nota un momento. No recordaba que la letra de Almaguer fuese tan descuidada. O tan fea.

Mi desayuno era una botella de Walker, a un lado de la nota. Tacaño Almaguer, tanto dinero y me compra una de Walker. No bebí esa mañana porque me desperté en otra realidad, en un universo alterno, en un sueño. Imaginé por un momento que el mundo estaba en paz, imaginé por un momento que los coches no existían en la gran ciudad. No bebí porque temía regresar a mi departamento, a mi sueño roto, al abandono de Lorena. Miré el whisky, no me decidí si era una tentación o una broma cruel. Guardé la nota de Almaguer en el cuaderno que me regaló y salí hambriento a buscar la cocina.

Azul masticaba un melocotón la mañana del treinta de noviembre.

Abajo, donde estaba todo lo demás, me dediqué a buscar la cocina y terminé por descubrir la biblioteca, el estudio, la oficina privada de Almaguer, el gimnasio, un patio trasero tan grande y presuntuoso como el delantero. Hice ejercicio con esa caminata de veinte minutos, encontré a una señora amable cargando una bolsa de mandado, de unos cuarenta y tantos, con su uniforme de servicio. Le pregunté por la cocina y ella, amablemente, después de darme la bienvenida y su nombre, Carmen, empezó a platicar del mercado y de la mañana tan hermosa que hacía, a pesar del frío. Yo simplemente la seguí, pensaba que sus ganas de platicar eran la guía a la cocina y, afortunadamente, no me equivocaba. La cocina, como todo, era amplia. Fácilmente, si uno quería, podía organizar una fiesta grande sin el temor a que no hubiera espacio. Eso y acceso inmediato al patio trasero lo hacían un excelente lugar para las reuniones. Envidié tanto a Almaguer en ese momento.

–¿Qué va a querer el joven? –preguntó doña Carmen–. Lo que usted quiera aquí se le prepara.

–Unos chilaquiles, por favor señora –ordené gentilmente, en lo que tomaba asiento y me recargaba en la mesa–. ¿Tiene cigarros?

–Doña Carmen, doña Carmen para todos y para usted también. Y si, le puedo regalar uno de los míos, estan en la mesa. ¿Quiere cafecito también?

–Discúlpeme doña Carmen y si, cafecito por favor.

Tomé uno de los cigarros, lo prendí y me puse a fumar, en lo que esperaba el desayuno. Me pareció que podría hacer eso, todos los días.

–¡Buenos días Doña Carmen! Ohhh y muy buenos días a ti –exclamó alguien. Era Azul quien entraba a la cocina y nos sonrió alegremente como si fuese una niña. Estaba en camisón.

Los dos respondimos nuestros buenos días y miré a Azul aténtamente, la plática convencional de Doña Carmen se convirtió en ruido de fondo, en estática de radio, así como las respuestas que le daba Azul, quien caminó directamente al refrigerador, lo abrió y se inclinó para buscar en la parte de abajo. Frutas y verduras, pensé. Aún recuerdo la mañana del treinta de noviembre, porque ese momento, desde el despertar hasta el desayuno, me pareció lo que hubiera querido para mí. Lo que hubiera querido en mi vida. Lo que había visto en comerciales de refrigeradores, en las series gringas de televisión. La mañana del veintinueve de noviembre, fui el hombre común que de un momento a otro se convierte en el modelo aspiracional. Desperté en una habitación, en una cama grande, con una nota invitándome al desayuno, firmada por alguien A (o L, ¿qué diferencia podría haber?). Fui directo a la cocina, recién despertando, y una mujer hermosa me daba los buenos días, oh… y la chacha, pero la chacha no lo planeaba para nosotros, ganaba bien pero no tanto.

–¿Y qué tal estuvo la noche? –me preguntó Azul, quien encontró su melocotón. Dejó descuidado el libro sobre la mesa y jugó con el melocotón en las manos.

–Son muchas cosas para una noche y para un día –le respondí, honestamente–, pero vaya que no he dormido tan bien en mucho tiempo.

Azul sonrió.

–¿Si sabes lo que hacemos aquí, verdad?

–Creo. A menos que solamente les guste tomar café desnudos, en las noches, creo que si sé.

Azul y doña Carmen se carcajearon. Me sorprendió la risa de doña Carmen e hice una anotación mental para después hablar con ella en privado. En ese momento me pareció interesante su perspectiva, aunque más tarde encontraría que era demasiado honesta y simple.

–Almaguer nos platicó de ti y todos votamos que sería buena idea. Aunque, bueno, no nos platicó exáctamente de ti. Nos platicó un… ummm, un trabajo extra. Alguien que hiciera lo que tú vas a hacer pues. A todos nos fascinó, sobre todo al Negro.

–¿Se llama Negro? –pregunté. No quería terminar confesando que la presencia de tamaño negrote me intimidaba, al menos no en el primer día.

–Bruno, pero le decimos Negro, él mismo llegó diciendo que no le molestaba que le dijeramos así.

–Ya va.

–¿No deberías estar anotando todo esto? –preguntó Azul, había algo de travesura en su tono de voz.

–No lo sé, la verdad. No sé muy bien a qué se dedica un bitacorista de un oficio tan particular o que espera Almaguer de mi.

–Almaguer espera de ti lo mismo que espera de todos nosotros –dijo Azul, mordió su fruta y me miró–. Que seas tú.

Asentí lentamente. Doña Carmen me trajo mis chilaquiles y mi café a la mesa. Guardamos silencio y le miré, extrañado, leyendo su libro.

Imagina a la niña masticando un melocotón.

4. Esa noche

A todos los del grupo les conocí desnudos: Horacio, el Negro, Azul, Eva, Marcos… estaban en la habitación del registro, las dos mujeres estaban en la cama con Horacio, mientras que el Negro y Marcos compartían un sillón. Almaguer y yo nos jalamos unas sillas que había alrededor. Estaban tomándose un café (excepto Eva, quien tomaba té), después de una de sus sesiones regulares. Reían, charlaban, me apretaron la mano, me incorporaron a la plática, saludaron a Almaguer como si fuese un padre y no debían ser aún más viejos que él (excepto Eva, que debía tener como unos treinta y cinco o treinta y seis años). En ese momento comentaban sus episodios de Los Simpsons y luego de South Park, entonces el Negro, quien se resistía a hablar portuñol, les comentó de Twin Peaks y decidí participar en la plática, ya que había visto varios episodios. Procuré estar de acuerdo en todo lo que decía, sobre todo de aquellos métodos especiales que utilizaba Dale Cooper para encontrar las pistas, de sus sueños y de los palos que aventaba (no pun intended), en lo que mi cerebro registraba la desnudez de los participantes, sobre todo la del negro y su miembro enorme, retándome a que me burlara del cliché. No sé si me vi muy obvio, yo sólo se que platicaba, claro, de Twin Peaks. Aún no puedo creerlo. —29 de Noviembre, 2003.

Eva esta buenísima, para su edad…
Azul esta linda, esta tierna… aparenta ser más joven. Jennifer Conelly.
Marcos es rubio oxigenado.
Horacio parece un tepiteño en esteroides, aunque no habla como tal.
Del Negro, ya no quiero hablar del Negro. Me intimida.
–30 de Noviembre, 2003.

Pornografía entre amigos, pornografía con algo de valor moral, pornografía entre personas con lazos estrechos o cosas en común. Un reality show pornográfico, la nueva novela de la televisora que se les ocurra. Eso vendía Almaguer, quien se había transformado en una especie de padrote moderno. Eso me mostró la primera noche, cuando el grupo estaba reunido, sin intimidarse por la desnudez del otro. Incluso yo, después de veinte minutos de compartir con ellos una charla, un café, y vestido, ya me sentía parte de Luxus. Platicamos de televisión esa noche, Eva y Marcos platicaron de libros, algunos de los cuales había leído y otros de los que no tenía idea. Eva era española. Marcos era argentino. Horacio era sureño, El Negro era brasileño y Azul era chilanga, como un servidor. Ya llevaban en el negocio un año aproximadamente y se reunieron con unos meses de diferencia. Un año intercambiando más que palabras, je, pun intended. Durante el transcurso del tiempo, hubieron otros pero no pudieron adaptarse, no habían logrado un lazo común con ellos. Podía sentir la mirada de Almaguer mientras interactuaba con el grupo, lo miré y por su expresión, podría jurar que estaba orgulloso.

–No fue fácil –me dijo una vez Almaguer–, me tomó cinco años formar un buen grupo como ese con la capacidad de confiar los unos en los otros. Además son muy versátiles, todos ellos, estan dispuestos a vender escenas especiales al cliente, sin miedo alguno o sin derrumbarse por un susto como para echarlo todo a perder. Más de una vez, alguno de ellos ha entrado en crisis pero siempre esta el otro para ayudar, ¿me entiendes? Rara vez acuden a mi para “purificarse”. Son una familia.

Animales, pensé cuando me lo dijo. Animales a los cuales les voy a hacer un estudio.

Me quedé platicando con ellos durante dos horas más, después Almaguer se levantó y les sugirió que durmieran, porque el ejercicio era pesado si no habían dormido y nos excusó, que porque aún tenía que mostrarme mi habitación. Me levanté entonces y volví a estrecharles la mano a cada uno de ellos, les miré los ojos para buscar la verdad detrás de todo ese teatro y, caray, nunca he sido bueno para buscar verdades, de ser así habría sabido que Lorena no deseaba casarse conmigo. Mis instintos se dieron por vencidos y me decían que estaba ante algo genuino. Salimos del Registro, miré a Almaguer durante un momento, estaba frente a un sueño. ¿Cuántos no desearían estar en ello? Aún por morbo, ¿cuántos no quisieran estar presentes y atestiguar una escena de sexo? ¿Y además, Almaguer estaba dispuesto a pagarme por escribir de ello? Parecía que era justo lo que necesitaba después de una negativa de matrimonio y después de perder un trabajo que “porque bebía demasiado”. ¿Cómo podía decir que no?

–Creo que ya te das una idea –me dijo Almaguer, mientras me dirigía por la mansión. Mi cerebro registró lo más básico: Abajo estaba el Registro. En medio estaba todo lo demás. Arriba estaban las habitaciones. Más tarde me enteraría que mi frugal diagnóstico pudo haberme impedido el acceso a una biblioteca y a un estudio, donde desperdicié muchas de mis horas en los días que siguieron–. Lo que necesito de ti es que escribas de ellos. A mis clientes les quiero entregar una especie de diario, de acontecimientos que suceden fuera de las noches, que los hace pensar, que los hace despertar, sus intereses, lo que recuerdan de su tierra y de sus familias. No lo hago en video porque sería demasiado caro y poco práctico. Prefiero que alguien se los escriba y sorpresa, pensé en ti. Quiero que me entregues algo semanalmente, para yo publicarlo en el boletín y ya.

Animales. No respondí nada en ese momento, había muchas cosas que me pasaban por la cabeza, muchas preguntas. No todo estaba lo suficientemente claro, había cosas que no embonaban. Yo aún no me creía que hubiera un grupo como Luxus, que durante dos años tuvieron sus charlitas, su hora del té o del cafecito, mientras estaban desnudos en la cama. Y francamente, cuando conseguía mi pornografía, no me ponía a pensar si los de las fotos eran amigos, o cuates, o compadres, o (en el peor de los casos) hermanos. Tal vez por eso… creo que esta fue mi última curiosidad verdadera.

Jugué al abogado del diablo durante cien noches.

Y gané.

3. Cotidianidad

Lo pensaré… lo pensaré… lo pensaré… lo pensaré… lo pensaré… lopen saré… lonepares… serapenol… erasnepol… pensaremos pensaremos pensaremos. Pensaremos etérnamente en nuestros muertos y en nuestros ángeles, y en nuestras primeros amores, y los ángeles otravezconsuchingadamadre y los serafines y los querubines y los diablitos, y pensaré en ti, pensaré en todos los azules existentes, en tu nombre hermoso, en tu piel delicada que se marcó fácilmente aquella noche que se me permitió tocarte, pensaré en que no debí pedirle matrimonio, en que debí continuar trabajando y buscar una mujer que estuviera dispuesta, verdaderamente, a quedarse conmigo. Pensaré en mis padres, en aquellos juegos de dominó, interminables, que me ganaron unas hamburguesas, en que empecé a fumar en la preparatoria, pensaré en la sonrisa agradable de Almaguer, en el idiota de Olmedo cuando mirábamos revistas pornográficas y nos hacíamos los interesantes, los juiciosos, hablando de los pechos y de los penes, de si eran de veras tan grandes, en confesar que a veces, nos masturbábamos, pero muy a veces. Diario no es saludable. Sentiríame yo culpable si lo hiciese, por mi educación, y mi falso agnosticismo, que muy escondido guarda a Dios, encerrado en la caja donde le regalaron la mirra o el incienso o la mota. Pensaré en el blog que estoy escribiendo para exorcizar a los demonios, para olvidar o registrar, esos dos años. Pensaré en que Almaguer aún se siente culpable o que desea que ya no me le acerque y es por eso que aún me continua pagando, y yo para hacerme pato, me dedico a desarrollo de páginas web con un grupo de chavitos que me hicieron el favor de “contratarme”. Pensaré, pensaremos, pensaré en los muertos y en los vivos, en Santa Claus y la Navidad, en aquella navidad del dos mil tres, en que vimos la nariz r0ja de Rodolfo y reímos como idiotas, como nueces fulgurantes, como dos demonios aullamos en las calles del centro y perseguimos cuanto taxi prometiera estar vacío. En los distintos tonos de azules y en las graduaciones, en que soy un redundante y en que he bebido demasiado, porque son las nueve treinta y siete de la noche y ya vamos a la cama. Y continuaré escuchando Build me up buttercup, porque me pone contento, me hace olvidar y me obliga a cantar en voz alta, para empujar con mi alada voz los pensamientos, los recuerdos.

Que horrible es la culpabilidad. Vamos, vamos… relajaos y continúa escribiendo. Sereno moreno, sereno moreno, prometiste que no dejarías este coso y que continuarías, te prometiste que relatarías fielmente lo que pasó hace dos años. Usssshhhh… tranquilo, deja de pensar y escríbete. A ver, ¿dónde me quedé ayer? De pronto me encontré viajando a gran velocidad… Ya no viste el partido de los Pumas porque te quedaste dormido, eso pasa por beber… ya, ya, mañana lo lees en Google, o de perdis en la tele, cállate y aguanta vara.

Walker de mierda.

2. Descenso

El negocio de Almaguer poseé tres cámaras, cuidadosamente ubicadas alrededor de la cama. Estas mandan señal a tres computadoras, que capturan lo que sucede en una noche y luego, dos editores se encargan de recortar y de agregar efectos breves, a veces títulos. También le paga a dos fotógrafos para que tomen capturas de lo que esta sucediendo en el colchón, con cámaras grandes, de esas de once megapixeles y que hasta fotografían el pelo en la pata de la araña. Los fotógrafos entregan el material a los editores, para que ellos “limpien” las fotografías. A mi, supuestamente, me pagará dieciocho mil a la quincena para escribir lo que pasa, del día a la noche de lo que sucede con sus hard workers, cómo él los define. Si a mi, en un trabajo inútil como ese, me paga dieciocho mil pesos por solamente mirar… ¿cuánto le pagará a los fotógrafos o al editor? Cuanto dinero… ¿quiénes serán los clientes que pueden sostener un negocio como este? Y aunque es bastante obvio lo que sucede, ¿en qué consiste el negocio exactamente? –29 de Noviembre 2003.

Eso lo escribí la primera noche, donde Almaguer me presentó a los fotógrafos y a los editores. Eran hombres bonitos, como él, sin ninguna arruga extra en la cara y la piel limpia. Olían bonito. Supuse que eran sus amigos, conocidos, gente que compartía el gusto por el negocio en el que estaban inmiscuidos. Escribí sus nombres, pero ellos no se veían dispuestos a socializar conmigo, tal vez por órdenes de Almaguer. Sólo nos saludábamos con la mano y a veces de nombre, cuando empezaba la jornada, y después cada uno regresaba a sus casas (excepto yo, Almaguer y el grupo, Luxus, pero eso viene después). Incluso me encontré a uno de los editores, uno que le decían Linus, y para él fue un episodio vergonzoso mirarme en Galerías Insurgentes, comprando unas pilas recargables para mi cámara. Al notar su incomodidad me hice el que no le conocía, pero no fue suficiente porque desapareció, escondiéndose entre la gente, caminando a otro lugar donde estaba seguro que no nos encontraríamos. Fue entonces que comprendí que Almaguer me tenía aparte de los editores y de los fotógrafos. Aunque compartíamos la labor de registrar, yo estaba separado de ellos.

Almaguer me invitó la misma noche del regaderazo. La primera noche, cien noches. En su carro, un BMW azul, me platicó que tenía un trabajo para mi, que podría escribir para él si quería, que necesitaba alguien que guardara un registro personal de las cosas, de sus trabajadores, de Luxus, porque le parecía un buen servicio al cliente y porque de alguna manera, eso querían, o eso pedían sin saber como pedirlo, porque de esos se trata, me dijo Almaguer, de buscar en los clientes lo que piden, y si no lo piden, insistirles en cuánto lo necesitan. Yo me encogí de hombros, aún estaba amodorrado por el alcohol, por el dolor de cabeza, medio preguntaba cosas como que había hecho de su vida, que cómo me había localizado y él no me respondía, seguía insistiendo con que yo escribiría para él, claro, si yo quería, y cuánto me pagaría. No tenía trabajo en ese momento, pero no pensaba en dinero. Aún me quedaba mucho dinero en la cuenta (por supuesto, lo suficiente para una boda, la primera, para la mujer de mi vida). Un BMW paseando en las Lomas, un saco Armani ¿o Guess?, aventado ruidosamente en la parte trasera del coche, dieciocho mil pesos quincenales, un poco más de lo que ganaba en mi trabajo antes de que me corrieran por bebedor, por las faltas, porque ella me dijo que no quería casarse.

El BMW se subió a la banqueta y se estacionó frente a una entrada. Me le quedé mirando y recordé cuán engañosas eran las casas de las Lomas, con sus entradas grandes, fuertes, robustas, como de fortaleza y por dentro se extienden terriblemente, como si fueran un mundo dentro de la ciudad pequeña que les mantenía. De noche, las casas de las Lomas eran peores, caras pero lúgubres. Trescientos veintiuno, decía el número de hierro, y el portón de madera. Almaguer apagó el motor de su coche, las luces y descansó las manos en el volante, puedo decir, que aquella noche, le restaba un poco de humanidad o se acordó de aquella mentira piadosa, de nuestra supuesta amistad. No duró mucho tiempo porque le brillaron los ojos y su cara limpia presentó al empresario, al político.

–Ya llegamos a la casa. Antes de presentarte con el grupo, necesito saber si quieres hacerlo. Me gustaría que fueras tú, por los viejos tiempos –me dijo Almaguer. Yo me le quedé mirando, sentí una acidez en la garganta, una pequeña jaqueca, mis ojos se estaban resbalando suavemente por la cuenca.

–No entiendo nada. No sé que quieres de mi.

–Quiero que escribas, como en la preparatoria. ¿Te acuerdas?

–¿Estas dispuesto a pagarme tanto por escribir? ¿Y de qué voy a escribir? –pregunté. Luego recordé que en la preparatoria escribía pura porquería, por eso me hice ingeniero.

–Tienes que decirme que sí o que no, primero. No te vas a arrepentir –suspiró, luego sacó un cuaderno bonito de alguna parte de los asientos traseros del coche, forrado de piel, me lo entregó y me dio una pluma fuente que estaba en el bolsillo de su camisa–. Ten, no vas a poder decirme que no.

Tocó el claxon y se abrió el portón de madera. Dos vigilantes armados saludaron a Almaguer y yo recordé que era hijo de licenciados. Manejó unos metros, miré adelante y había una casa… no, no era una casa, era una mansión. Cuando ves que uno de tus amigos te lleva a una mansión, primero piensas que le esta yendo bien y luego recapacitas. Cuanto se jode uno por rentar un departamento, comprar un coche a pagos, ahorrar para casarte, sin quebrar la ley, y te das cuenta que uno de tus amigos ya se pudo haber casado tres veces, puede tener tres coches en el garage y además, tiene una mansión, cuyo mantenimiento debe costar diez veces lo que me cuesta pagar mis servicios, o dos veces una renta en algún lugar mediocre. Me acaricié la frente y me sonreí.

–Quiero que escribas para mi y si aceptas, vivirás aquí. Mi gente ya debe estar en tu departamento, recogiendo tus cosas, nada más estoy esperando a que te decidas. Te pagaré como hemos acordado. Como todos los del grupo, hay un chofer que comparten o puedes pedir un taxi si quieres salir. Puedes invitar a quien quieras, incluso hacer fiestas, pero tienes estrictamente prohibido hablar del grupo con gente ajena a él.

–¿Cómo puedo hablar algo de lo que no conozco?

–¿Eso es un si?

–Lo pensaré –dije, haciéndome el interesante. Almaguer sonrió con mi respuesta, en ese momento ambos supimos que yo había aceptado mi descenso. Se estacionó, nos bajamos del coche y entramos a la mansión.

1. Almaguer

Cien noches, pensé, cien noches solamente y entonces regresaré a casa. La primera noche, de haber sabido eso, las cosas hubieran sido diferentes hace dos años. Hoy se cumple el segundo aniversario de aquel día, y me encuentro revisando cada uno de los diarios, esos horribles cuadernos de anotaciones breves, de poemas insulsos, de los textos que me pedía Almaguer, y las anotaciones que pretendían aligerar la carga de aquellas noches con sus días. Cien noches… fueron cien noches exactas, hoy lo acabo de comprobar a través de una lectura concienzuda de las bitácoras (Cuatro y un tercio, en total). Nada más fueron cien noches y, no quiero admitirlo, pero fueron como una vida entera. Hoy me encuentro aquí, reescribiéndolo, tal vez con ello logre ordenar la mayoría de las anotaciones, si tengo mucha suerte podré expiar la culpa. Es eso o la bala que me espera desde hace dos años. Dicen que uno escribiendo resucita, que uno escribiendo puede alcanzar la catársis, la luz, el entendimiento, Dios… si, si tengo mucha suerte podré expiar la culpa.

Almaguer y yo nos conocimos en la preparatoria. Algunos pensaban que éramos como brothers, pero él y yo sabíamos que no era así. Más bien éramos rivales que se tenían respeto por las habilidades, por la condición, que poseía el otro. Claro, era una escuela marista, entonces era fácil para nosotros disfrazar la rivalidad con camaradería, inclusive con amistad… hermandad, en el peor de los casos. Por esas habilidades que adquiere uno en una escuela marista es que somos confundidos con una pandilla. Tal vez, Almaguer y yo, llegamos a creer que fuimos verdaderos amigos en algún momento… era una mentira piadosa. Conforme pasaron los años, descubrimos la verdadera naturaleza de nuestra relación. Que él me dejara en su coche, que yo le ayudara con español y literatura universal, mientras que él me explicaba matemáticas y anatomía, que yo le pagara con unos cigarros y él me ofreciera uno, que jugáramos dominó nunca como pareja, sino el uno contra el otro retando al perdedor a pagar las hamburguesas. A veces, Almaguer era el testigo de mis textos, o mis bocetos de pintura y cuando terminaba de leerlos o de admirarlos, ambos con la misma brevedad, me comentaba de sus números, de sus planes, de su próximo viaje a Europa.

Él era hijo de políticos y yo de licenciados. Estábamos condenados. Cuando se acabó la ilusión de la preparatoria, cada uno partió caminos y se olvidó, yo me hice ingeniero en informática y él… esta escrito en esos cinco cuadernos.

Hace dos años, Lorena me abandonó porque pensó que era muy temprano para casarnos, porque sus intereses eran otros, porque ya no le gustaban mis lentes o por mi cuerpo flacucho. Era la segunda mujer más hermosa que mis manos hubieran tenido. No fue por dinero porque no ganaba mal. Por alcohólico no fue, porque empecé a beber cuando ella me dejó. Y no fue por mi cacto, ni por mis perros, porque no tenía nada de eso. En algún momento pensé que fue por Almaguer, o por Luxus, pero ya no tiene caso culpar a nadie y yo también formé parte de ello. El único culpable de sus acciones, y sus reacciones, es uno mismo… no hay de otra y ya.

En noviembre del dos mil tres, Almaguer vino a mi casa y lo primero que hizo fue meterme a la regadera. Yo todavía no terminaba de reconocerlo, cuando de golpe, con los chorros y el frío, mi boca parió todos los recuerdos distorsionados por el enojo y la borrachera. Él sencillamente me miró sonriendo y le brillaron sus ojos azules, su cabello castaño púlcramente peinado, sus zapatos gucci. Aunque tenía toda la cara para hacerlo, me enteraría después que no pretendía ser político. A ratos, cuando estudiaba en la universidad, me preguntaba cuando vería la contaminación visual que significa ser diputado, papeles y papeles con la cara de Almaguer, y me sonreía. Si él hubiera decidido ser político, no estaría contando esto y no hubiera escrito cinco cuadernos con porquería, manchados de semen, de fluídos, de saliva, de poemas insulsos, de anotaciones, de Lorena, de Azul, de Horacio, de Marcos y del Negro… de…

Azul.

–Vengo a proponerte algo, ¿te acuerdas qué te gustaba escribir en la preparatoria? –preguntó Almaguer, mientras me ofrecía un café y me sonreía con dientes que brillaban al primer contacto con la luz. Después de tantos años, embriagado aún con Lorena y Johnny Walker, venía el cabrón a recordarme que me gustaba escribir en la preparatoria. Me le quedé mirando durante largo rato y cuando descubrí que él podía sostener la mirada tanto tiempo fuera necesario, decidí preguntarle: ¿Qué?

–Tengo un negocio privado y necesito alguien que escriba –Hizo una pausa–. Necesito alguien que escriba como tú.

Cinco cuadernos… cien noches.

Cien noches solamente y entonces regresaré a casa.