Qué clase de sexo

A menudo te miro y me pregunto qué clase de sexo es el tuyo. Sólo porque me gusta preguntarme, sólo porque me gusta mirar. Así son algunos misterios y en el camino del misterio, vienen los pensamientos soeces y burdos, las penetraciones inmediatas y la pronta satisfacción de una posesión. Pero primero es la pregunta. ¿Qué buscará? ¿Por dónde? ¿Cuánto desea este sexo o el otro? ¿Cuáles son las palabras mágicas para cocinarle los sesos?

Qué chistoso. Tengo 33 años y todavía pienso que existen las palabras mágicas para lograrlo todo. Esa mentira me mantiene escribiendo. Tengo la idea de que si practico lo suficiente, si puedo lijar las rebabas de mi propio lenguaje, conseguiré darle un valor místico, arcano, uno impuro que abra todas las puertas del mundo. Me pregunto si todos los escritores somos así. Me pregunto si, a pesar de que muchos jugamos a que somos un hato de cínicos, creemos en las palabras como un conjuro infantil para abrir la habitación de los caprichos veniales…

Escribir es una distracción. La única magia que convoca, además, es el deseo, es que te pongas la máscara para que otros podamos tomarte. Escribir es ofrecerse desesperadamente para que lo tomen a uno. Sí, quizás.

Una boca de arco rojo

Te pedí la boca, y te la pedí roja, porque ya sabes lo que deseo. Sí, alguna vez te vi. Recuerdo el arco de tus cejas, la forma de tu rostro y te vigilé durante un largo rato, en silencio, meditando los posibles desenlaces eróticos. Semen en tu cara, semen en tu lengua, semen en tu… no, no he visto más, sólo he visto tu rostro. Te visualicé de rodillas (cuánto debo inventar, todavía, para someterte), tus ojos almendrados mirando el momento justo en que pueda empujar, y llenarte la boca. Una verga gorda que coquete con tu lengua y empuje alguna de tus mejillas. Tu rostro se presta para ello, tu cabello rojo, el arco de tus cejas y el brillo de tus ojos. Deja regreso porque estoy saboreando la imagen, igual que la primera vez que penetro: mis dedos enterrados en el rojo de tu cabello. Todavía no sé que tan complaciente serías, que tan dispuesta estarías a ahogarte o dejarte ir, qué tantas ganas tendrías de tragar o de escupir, o de seguir sobando después de sacarme la semilla. Sí, creo que eso sería perfecto, repetiré la imagen porque es adorable y me gusta demasiado: ya me vine pero sigues sobando la verga flácida, sin saber si está dispuesta a revivir o no, pero es que te gusta mirarme con esos ojos almendrados.

L

También soñé con L. Imprecaba que hubiéramos cogido tan mal la última vez. Traté de hacer memoria. ¿Hablaba en el mundo del sueño o hablaba del mundo real? Miré bien la cara de L. ¿Existía? Entonces me empujó contra un sillón, bajó mi cierre, la sacó y se la acomodó. Ella parecía feliz montándome mientras yo pensaba que querría decir este sueño, así como me he preguntado de los muchos otros sueños que he tenido. Quizás es porque disfruto a mi narrador sucio y necesito llenarlo de encuentros. Darle algo de qué hablar. Más que un semental, un peregrino de accidentes fortuitos y sensuales. L me miraba a los ojos. Le puse una mano en el cuello para ahorcarla. Me gusta ahorcar (poco, tampoco quiero matar) mientras cojo, he agarrado ese raro gusto. Le recordé que yo me había cogido su boca, que yo fui el primero en cogerme su culo, le recordé un montón de cosas más en el paraíso del sueño. Quizás mañana despierte, con la verga erecta y el sudor en la espalda, y me dé cuenta que nada de esto es cierto.

La vecina

El otro día soñé con la vecina. Soñé que me la cogía y que después era vergonzoso vernos. Ella se enojaba conmigo. A mí no me importaba. Cosa rara porque no soy así, ya no. El matrimonio me dio buenos límites. Siempre que sale me sonríe amablemente. A veces usa shorts y deja ver las piernas. Usa colas de caballo como me gustan. Perfectas para coger de perrito. Me gusta su sonrisa pero es que vivo en un lugar de jóvenes, muy jóvenes, por supuesto que todo me va a gustar aquí. No solo mi vecina, también la otra y la otra. Andan en faldas, con el culo parado, con amplios escotes o mostrando los muslos. Mientras tanto yo tengo que hacerme el duro (para sentirme un poquito más seguro) y ser amable, voltear para otro lado, mientras que mi esposa se ríe de mí y me muestra las nalgas de otra, y me pregunta cómo me gustaría cogerme a esa, y a la de blusa verde y a la del cabello claro; nomás que se entere me gusta la vecina no me la voy a acabar.

Las putitas

A veces no puedo evitarlo, y mientras paseo les miro el culo y las piernas a todas las putitas que caminan adelante de mí, a mi lado o que me rebasan con su bicicleta. Trato de enfocarme en la música de los audífonos, en que la perra no jale demasiado la correa, en el cielo poblado de zanates pero luego aparece alguien con las piernas descubiertas y debo detenerme para mirar los péndulos que marca con sus extremidades. Algún romántico mexicano dixit. Entonces pienso, en mi tono más animal: si fuera más joven, si fuera soltero, si tuviera dinero, si tuviera poder (sí, un montón de pendejadas), esa putita sería mía. Esa putita sería mía. Estoy consciente que esa voz, esa segunda voz, es la de algún personaje. Un personaje que en sus pensamientos es un criminal pero en su vida es un cobarde. También puedo separarme de él mientras camino y observarlo, cómo su hocico lleno de baba y sus ojos enrojecidos son una actuación, un mero deporte, un delirio patético para suavizar la tranquilidad inexorable de las tardes. Soy mi propio putito.

Lado B

En el lado B puedo escribir mis ganas de cogerte la boca. Si no lo hago en el otro es porque los patrocinadores me están vigilando. Entonces partí mi libro en dos. Mientras que el otro habla de sueños, obsesiones adultas, dolores inventados, libros por leer y videojuegos quemados, en este puedo contarte que te quiero coger la boca (el narrador vulgar, sucio, que muchas veces evito cuando estoy escribiendo otras cosas y constantemente estoy ejerciendo un autocontrol improbable sobre muchas de mis historias). Una mano bajo tu quijada, la otra en tu cabeza y después entrar y salir como si la humedad fuera otra, como si las protestas fueran los sonidos de la carne abriéndose, como si la lengua en vez de buscarme la contraria estuviera recibiéndome en copias diminutas, y blancas, y llenas de saludables y machistas proteínas.

Gracias a los japoneses…

Porque los japoneses estan como malitos de la cabeza, ¿me entienden? No sólo es esa referencia cultural llamada Hentai, la cual, bueno, si somos de la generación del 80, la conocemos como un ícono, como un estilo de pornografía, como algo para maravillarse y entretenerse… y es qué… ¿dibujitos porno? ¿monigotas de ojos enormes, los cuales nunca parpadean, gimiendo y sudando acuarelas? Yo creo que la generación noventas ya la ve como parte del tráfico y consumo de sexo, ya lo justifican dentro de una historia, ya ven el dibujo no solamente como un consumo infantil, sino general. En Japón es una industria grandísima y de hecho, muchos dibujantes y escritores de manga, empiezan trabajando en editoriales de este tipo de contenido en lo que Shonen Jump les hace el favor.

Pero no era del Hentai de lo que quería hablar, sino de… los otros videos, los videos donde salen personas de a de veras. Ayer, navegando por la red, encontramos una serie de videos variaditos: Me acuerdo en particular de uno extrañisimo, de una japonesa encima de una mesa de vidrio y en la mesa, había una especie de aceite. Algo cubría su vagina, un parche que no permitía ver sus genitales (porque en Japón, esta prohibido mostrar explícitamente los genitales en cualquier tipo de video o impreso), y la chava esta empezó a mover su pubis contra la mesa de vidrio y se veía como el aceite le marcaba los muslos y las ingles. Muy extraño. Hubo otro video, una especie de trailer de un DVD especial que van a sacar, donde son 500 parejas cogiendo, todos en un cuarto, y estaba de alguna manera coreografiado, porque iban en orden: masaje de senos, felaciones y después, la pura cogedera. Yo me imagino la situación y no sé que pasaría, un cuarto con mil personas destilando hormonas, sería mucho peor que el metro. Otro video donde a una mujer se le aparece una serpiente y la serpiente le rodea las piernas, la cadera, el cuello y luego se le mete a la boca, todo esto era como parte de un sueño, porque después cambiaba la escena a esta mujer durmiendo y haciendo expresiones de molestia / ganas. Había una serie de videos, donde tipos buscaban a japonesas dormidas para bajarles o abrirles la blusa y mostrar sus senos, o bien, los atacadores furtivos que corren por Japón, bajándole los calzones a las minifaldosas, o aquellos que molestan a mujeres en el tren, tocándolas. Pero el video que se llevó la noche, fueron una serie de videos donde unos asaltantes llegaron a un banco, metieron a los hombres en la bóveda y violaron a las cajeras, evidentemente todo actuado.

Son cosas muy raras las que pasan en ese mundo, me cae. Son asombrosas. Por ejemplo, en el caso de los “atacantes furtivos”, estoy seguro que si lo hicieran en México, la chava de plano le metería una cachetada, lo mordería hasta arrancarle un pedazo de brazo, o bien, le metería una patada en los huevos. Sin embargo, en Japón las mujeres son… pues, no pelean, no echan bronca… todo les puede pasar y Buda les proteja.

Todo esto lo pueden encontrar en El Blog Rarito.

Placer

Y cuando pienso en placer, no puedo recordar más que las miradas que se me notan cuando aquella mujer solía agacharse para buscar las cosas. Esas situaciones se daban cada vez con más regularidad–: Que porque se perdió el calcetín, que porque se perdió el arete, es que estoy buscando un papel o hay que buscar donde conectar el cable. Entonces ella se agachaba, se ponía en cuatro y buscaba por debajo de la cama y de los armarios la partícula que le hiciera falta. Me recriminaba en silencio, porque sucede a menudo que alguien se agacha y busca, ¿no es así? Pero a ella se le notaban los contornos, se le notaba la cadera fértil, de mujer que no se rompe y con los ojitos podía trazar la ese que se formaba de su cuello al culo, a veces por jugar lo hacía con la punta de mis dedos, jugando con la imagen y el movimiento. Ella volteaba a verme al sentirse observada y me preguntaba de manera seca, preocupada más en buscar que provocar deseo–: ¿Qué? ¿Ya lo encontraste? Entonces me sentía apenado y respondía, de la manera más falsa posible–: No pasa nada. Los cuartos pequeños no me permitían agacharme y buscar con ella, y la verdad, es que no quería hacerlo, no podía negar que estaba muy a gusto mirando. Me provocaba tanto un placer sencillo como el de observar a la pobre caperucita, buscando el camino para llegar con el lobo.

Un día fue que lo encontró y las migajas de pan fueron una ranura USB donde necesitaba conectar un mouse. Ella se encontraba debajo del escritorio y yo, sentado al borde de la cama. Estaba algo cansado porque nos habíamos pasado el día arreglando cosas en la habitación. Sólo faltaba ese detalle, conectar el mouse y el puerto universal, para llegar a un sano balance y descanso. Pero al verla buscar y al escucharla quejarse de que no podía mirar, me arrodillé frente a ella, con una mano le empujé la espalda para apoyarla contra el suelo y con la otra le busqué el botón y el cierre del pantalón. Preguntó, honestamente, con una inocencia que quiso provocarme ternura: ¿Qué haces? Y supuse que ella aún estaba pensando en conectar el mouse, hasta que sintió los pantalones a la rodilla y mi mano alzándole la blusa, dejándosela a la mitad de camino. Tenía la prisa del que había soportado una vida de búsquedas, y toda la ropa de ella se quedó a la mitad, la blusa le tapaba la cara y se apoyaba con los codos. Al tenerla así, tan dispuesta a no moverse digo, no me quedó de otra que bajar la cremallera y que la ranura de los boxers hiciera el resto.

Decía de sus caderas grandes, pues las utilicé para jalarme de a poco. No protestó, la entrada fue muy sencilla y después de interpretar un burdo kamasutra, con la ropa a medias tintas (¿No es delicioso acaso coger con ropa?), descansamos satisfechos y nos reímos de lo fácil que había sido encontrar lo que buscábamos. Fue que empecé a sospechar, como hombre que ve demasiadas películas pornográficas, que todas esas búsquedas eran de algún modo intencionales.

Ellobra

Estoy meditando. Baaarummmm, Baaarummmm. No, no estoy meditando, más bien miro al techo y luego miro al monitor. Y luego miro al techo y he descubierto, un poco angustiado, que hay una grieta en él. Es una grieta un poco larga. Aquí es cuando me pregunto: ¿cogerán tanto los vecinos (cochinos, en su piso) como para agrietar mi techo? Es la segunda vez que me encuentro esta grieta. La primera, inmediatamente pensé que era curioso haber vivido tanto tiempo, en su tiempo, en este departamento y no haberla notado antes. Ahora que la miro una segunda, estoy tratando de evaluar si ha crecido algo desde la primera vez que la vi y me estoy preguntando si será grave. Estoy sospechando de los vecinos de arriba (coge y coge y coge y coge), que hicieron modificaciones a su departamento y puede ser que eso haya obligado a que se debilitara la estructura. De ser así, entonces, es muy preocupante porque igual y tendría que venir un arquitecto a revisar, o un ingeniero, o qué se yo. Y es probable que nos saquen del departamento, o peor aún, que clausuren el edificio. ¿Y si me clausuran todo dónde voy a vivir? También me preocupa bastante saber que la grieta esta directamente arriba de la computadora. Algún día podría despertar y encontrar cascajo en mi “instrumento de trabajo y diversión”. O peor aún, que me fuera a Puebla un fin de semana y cuando regresara… otra vez la horrible imagen del cascajo. Mierda, esa grieta se ha convertido en una obsesión.

[sc:tt]

Albures 101

–Techo blanco.

Es uno de los más finos que existen. ¿Y no sabes qué es? Umm… es muy sencillo, en “La Secretaria”, película donde salen James Spader y Maggie Gylenhall, hay una escena donde el jefe le sube la falda a su secretaria y la apoya contra el escritorio. El tipo, entonces, se dedica a masturbarse utilizando la fricción de las nalgas y su mano (por supuesto), la secre solamente escucha curiosa el golpeteo del puño, de la piel. El tipo se vuelve loco, ¿y quién no? Pensándolo un poco, una mujer de falda, su secretaria, ofreciéndole el culo en el escritorio para que él pueda descargarse, relajarse… el mero pensamiento es tentador. Finalmente se viene y esparce el semen con las manos, permite que se extienda, que cubra todos los pedazos libres y cuando ha terminado con el tratamiento, sencillamente le sube las bragas, le baja la falda y le deja ir.

La parte donde el tipo se viene es, básicamente, el “te-echo blanco”.

Unoph

Un último vaso de coca cola, otro cigarrito y ya. Un videito porno, no hay bronca. Sigue platicando con la morra, y ya te vas a jugar Resident Evil IV, Bob. El tipo le quería dejar la falda y es que… si, es distinto, es distinto tomar a una mujer que aún tiene la falda puesta, o que tiene el calzón a medio muslo, o que tiene media blusa tapándole la cara. Puede que sea la sensación de urgencia, o la suciedad que implica llenar de fluidos lo que uno lleva al mundo externo como una segunda piel, el armazón, la ropa que cubre nuestras “vergüenzas” y nuestros “triunfos” biológicos. Lo dicho, en el video la chica se puso de nuevo la falda, ¿Ves? Siempre tengo razón Bob. Nada más termine el video, dejaré de escribir esto, saldré a fumarme un cigarro y me despediré del messenger, baygón verde, ya me voy a dormir, Baygón Verde (TM) que si no es Raid (TM). Y no será cierto… estaré jugando Resident Evil IV, y escucharé a los zombies decirme que “Me harán picadillo”, “Os voy a hacer pedazos”. Que no he pasado de las hermanitas que tienen sierras eléctricas, se ponen bien perras, bien premonstruosas. El tipo casi ni se mueve, es un huevón, y la chava bien emocionada permite que su cola de caballo vuele. No tiene sonido, pero seguro pensó: Voy a gritar como una estrella porno de verdad. Lo digo por el gesto. O puede que esté conteniendo los gemidos, esos gemidos chiquitos que me inspiran escalofríos, que me dan ganas de tirarla a la cama, Bob, levantarle la cadera y babearle la nuca como un perro. Sigh. Esto de ver videos porno ha perdido su chiste, antes era más divertido. Y la morra del messenger se despidió antes, me ha ganado la frase: “Me largo a dormir”. Me encanta despedirme, me encanta cerrar mi vida electrónica, Bob. Y en unas horas será domingo, no habrá nada que hacer, solamente diseñar una página electrónica. Thanks for sending me to college, Dad!!!, dice el supuesto video amateur al final y asiento pues. Yo nomás cierro los ojitos y pienso: Ojalá que mi hija no haga eso… porque estoy casi seguro que será primogénita. Y en parte me tranquiliza, porque no tendré que jugar o hablar de futbol con él. Nada de futbol, Bob, porque de futbol no sé nada y si se vuelve uno de los hobbies de mi escuincle, ¿qué podría hacer? Peor aún, que mi hija fuera jugadora y una acérrima fanática del futbol, entonces podría vivir con el estigma social, uno de esos que son bien pendejos pero que todo mundo los cree: “Todas las viejas que juegan soccer son lesbianas”, “Todas las jugadoras de soccer son bien machorras”. O peor aún, se volvería una de esas fanáticas que obtienen sus quince minutos de fama por alzarse la playera en el momento indicado, o por correr desnudas por el ángel de la independencia mientras celebramos que México pasó a los cuartos de final. Y medio México, salvaje por la cerveza, por la victoria de su equipo, con su fálico milenario, buscaría pellizcarle una teta (Dios no lo quiera). Irónico… traigo una sudadera azul y una playera amarilla –los colores del América–… es cierto Bob, ¡no sé de futbol!

Se terminó el video. Mejor me largo a dormir y me convenzo de que cuando llegue, será niño… Bob.